viernes, 5 de febrero de 2010

Profanación de la Palabra

miguel fernández rivero






Profanación de la Palabra

“Escrito en la estela de Julio Vélez”











Edita: Miguel Fernández Rivero
Correo electrónico: mfernanrive@hotmail.com
Morón de la Frontera (Sevilla)

Fotos cubierta y contracubierta:
Miguel Fernández Rivero

ISBN: 978-84-611-8218-3
Depósito Legal: SE-2861-07











Al Viajero
de las Sandalias sin Retorno,
por haber sembrado
los eriales de mi ser
con sus huellas.











PRINCIPIO

¿Qué nos queda
cuando todos nuestros pájaros
se nos pierden
entre las brumas del tiempo?

¿Qué nos queda de los sueños?

De las palabras,
de los versos, ¿qué nos queda
entre los labios
si no regresa el viajero?

Nos queda la palabra
de Julio en el viento.

Nos quedan sus huellas
prendidas a nuestros ojos.
Su grito nos queda
alojado en nuestras manos.

Nosotros conocemos el secreto,
los enigmas ocultos
en las tripas obscenas de los siglos.
Nosotros conocemos la palabra
y el grito de los versos
que se adentran en la noche
como pájaros heridos.

Él nos mostró los caminos.

El viajero cruzó por estas tierras
con su grito acuestas
y nos habló de los pueblos,
nos habló del hombre y sus miedos.

El viajero nos contó la historia de la
piedra
y los misterios del barro,
él nos mostró el esqueleto del agua,


el rostro de las sombras y la voz del
viento.

El viajero pasó por estas tierras
arrastrando el grito de los pueblos.

Pasó por estas tierras el viajero
y nos dejó el verso y la palabra
del último ángel caído
escrito en la estela
de Julio Vélez.











UNO


Escrito en la estela del último ángel caído el jardín se adentra en la noche y la noche, para alimentar su misterio, devora los sueños del hombre, el cual se pierde por los desolados caminos de la realidad.
De nada vale que la luz de un cielo estrellado se instale en la noche para demorar la llegada de las sombras o simplemente para atenuarlas; de nada vale. Los pájaros oscuros, aquellos que roban los sueños y merodean por los jardines buscando la inocencia, se abaten sobre esa luz haciendo de la noche su territorio, el dominio de sus sombras. Mientras el hombre, solo y desnudo, perdido en medio de la noche y desamparado como un perro sin amo, abre sus ojos desmesuradamente, como quien se ahoga al faltarle la luz, y grita su angustia.
La noche pesa terriblemente sobre los hombros del hombre y el hombre se cansa de sostener su propio cuerpo. El vacío de los sueños robados va inundando las salas de su existencia.
Pareciera que todo estuviera perdido, pero aún nos queda la inocencia. Esa inocencia que se oculta más allá de los jardines que se adentran en la noche, en las profundas galerías de nuestro ser, esa inocencia que es capaz de engendrar nuevos sueños que nos den alas para alcanzar la luz.
Pareciera que esa luz nos perteneciera, pero la luz ha huido con el primero de los besos. La noche se ha llenado de pájaros oscuros, porque el ángel ha encerrado la espada de fuego de todos los paraísos.






DOS


He tocado los frutos del árbol prohibido y he bebido de las aguas secretas con las que Penélope fabricaba mariposas.
Estoy hambriento, pero a pesar de ello no he comido los frutos, sólo los he tocado. Los sueños son tan apetecibles, y este hambre me ciega tanto, que no me puedo resistir.
He soñado, lo admito, y después he devorado mis propios sueños, como quien en un acto de canibalismo se come a sus hijos. Los sueños son la flor del árbol prohibido y la palabra su fruto. El árbol prohibido por los sacerdotes del olvido está encerrado en el jardín que se adentra en la noche y su fruto es custodiado por la sombra de antiguos enigmas.
He devorado los sueños, mas no he comido la palabra, fruto de luz que sacia el hambre del hombre. Estoy hambriento, lo admito, pero no he comido los frutos, sólo los he tocado en mis largas noches de insomnio, cuando ni los sueños venían a calmar la insoportable angustia de mi hambre.
He recorrido las rutas del mundo a través de los amarillentos pergaminos, sobre los que las lluvias del tiempo depositaron la memoria de todos los pueblos.
He vagado por las ciudades construidas con los sueños de nuestros antepasados. He caminado sus calles, pero las calles de esas ciudades están bajo el dominio de los mercaderes de la mentira, vendedores de una realidad fabricada con su falsa palabra; realidad-espejismo para el consumo de las masas.
Me he perdido por los arrabales del hombre y he pisado el barro pegajoso y pestilente con el que el progreso mancha nuestra piel.
He tocado las viejas cicatrices y las sangrantes heridas de un hombre desamparado. He visto a los hijos del agobio entregándole sus vidas al monstruo voraz del tiempo, engrasando la maquinaria del progreso con el sudor de sus cuerpos y sus lágrimas sabor a derrota.
En todos esos lugares siempre he estado junto a los muros del jardín, donde está encerrado el árbol de los frutos prohibidos; pero no he conseguido, por más ira que he puesto, derribar sus puertas.
Me he sentido tan pequeño como un hombre sin sombra, y he comenzado a anotar los días de mi muerte en el almanaque de agua con la piedra.






TRES


Los mundos me escribieron un libro sobre el frágil pergamino de mi cuerpo. Un libro en el que he buscado todas las palabras necesarias para curar mi soledad.
Yo no quiero respuestas, yo sólo quiero palabras que me hablen de los mundos en los que día a día va muriendo el hombre. Yo nunca hice preguntas, porque las preguntas sólo buscan respuestas con las que podamos engañarnos para seguir viviendo.
Yo no quiero respuestas, por eso no hago preguntas.
El libro de los mundos me ha dado palabras como espejos, palabras que me muestran la calavera de nuestra historia, el esqueleto de la fe a la que es atado el hombre. Me ha dado palabras como azotes de luz que destrozan las sombras donde se esconden los secretos del tiempo. He sentido la voz de los labios más antiguos recorrer la geografía de mi piel. Pero no he hecho preguntas, pues las preguntas no sirven más que para confun-dirnos. Yo sólo he escuchado, sólo he reco-gido, de los pliegues del viento, la palabra de los tiempos.
He oído el grito mudo que los pueblos profieren hacia dentro de sus entrañas. Ese grito que guardan en lo más profundo de las cavernas de su memoria. He oído el grito mudo de los pueblos. Gritar hacia fuera es peligroso, se puede enfurecer a la fiera que nos vigila desde su torre. Bajo el silencio que engendra el miedo, he sentido crujir por mis huesos el dolor de la gente; y he llorado. A veces he llorado por los ojos de aquellos que sufren, y se me ha quedado el pecho tan pequeño que he sentido ganas de gritar y preguntar desde mi ira; ¿porqué tanto miedo?
Pero no he preguntado. Yo jamás he preguntado, porque no quiero respuestas que justifiquen o confundan. Sólo quiero palabras de luz para los ojos de los hombres. Palabras capaces de curar el dolor de la gente, palabras que hagan libre a los pueblos.
Sólo quiero palabras como aquellas con las que los libros me hicieron un mundo al que he intentado que éste se pareciera.






CUATRO


Seco como un río de piedras golpeo mi mirada contra los muros del silencio que delimitan mi espacio.
Seco como unos labios sin palabras, como las piedras de un río que no recuerda la lluvia.
Seco y sin luz, como unos ojos que no encuentran los sueños, como unas manos que no tienen la piel de ningún cuerpo donde escribir su ternura.
Seco y sediento, como la página en blanco que busca los versos perdidos, como el poeta que ya no grita, como el hombre vencido por la vida, como el cuerpo devorado por el tiempo.
Seco como yo, río de piedras que no encuentra la palabra que alimente mi cauce y dé vida a las riberas de mi existencia. Como yo, seco y vacío golpeando mi mirada contra la noche, acribillando los espejos con mis ojos hambrientos, buscando la imagen del hombre que jamás seré.
Grite el gallo negro y esgrima su espada de fuego el ángel. Que la voz del hombre robe los versos de los poetas y los arroje al viento. Porque los versos nacidos de la sangre y los sueños son el alimento del pueblo.
Grite el gallo y esgrima su espada, que hay que vencer a los guardianes que custodian la palabra. Aquella palabra que el tiempo cubre de polvo en los anaqueles de las lóbregas salas del silencio
Seco como un río de piedras que ya no recuerda la lluvia. Como yo, poeta que perdió sus versos, seco y sin palabras.
Esgrima su espada el gallo y grite el poeta, que hay que golpear los muros del silencio que delimitan nuestro espacio. Que hay que golpearlos con nuestras manos desnudas y con estos labios resecos que no recuerdan la lluvia. Que hay que golpear los muros y robar los versos a los centinelas del olvido.
Cante el gallo negro y esgrima su espada el poeta, que hay que inundar este río de piedras, seco y sin palabras, con la luz de los sueños, con el fuego prohibido del ángel caído sobre la página en blanco de todos los mundos.
Grite el gallo y cante el pueblo, que la espada de fuego golpee y haga temblar la mano que gobierna el juego. ¿Más qué hacer cuando muerto el rey continúa la partida?






CINCO


El ángel, dentro de la noche, extendió sus alas sobre los sueños para resguardarlos de los vientos del desierto.
Extendió sus alas de luz y la noche se pobló de criaturas, leves como el humo, que flotan y se deslizan por la geografía de la memoria. Criaturas transparentes y sin rostro, irreconocibles pero extremadamente fami-liares. Criaturas que al saberse sorprendidas desaparecen entre los pliegues del tiempo, huyen de los ojos que las observan y las quieren retener en los paisajes del recuerdo. Huyen y se pierden por las galerías del olvido, profundidades donde habitan las oscuras alimañas que atenazan al hombre con las húmedas manos del miedo; furias roedoras que devoran su paz y sus sueños.
El ángel extendió sus alas sobre la noche para proteger al hombre de esas negras criaturas que merodean las riberas de su alma. Criaturas cuyos ojos se pierden entre las sombras de antiguas leyes y ritos extraños. Criaturas hambrientas que van royendo las fibras más sensibles del hombre e invaden las parcelas donde habita la razón, para sembrar sus semillas de ignorancia y obediencia.
Extendió sus alas para resguardar los sueños y proteger a la palabra del acoso de las rapaces que vigilan el pensamiento; para cobijar a la inocencia y defender la libertad de un hombre perseguido por los turbios labios de una fe poseyente y desposeédora. Religiones que extirpan la voluntad de las entrañas del hombre y privan de libertad a los pueblos.
Extendió sus alas y desde entonces el hombre no estuvo desnudo dentro de la noche. El hombre comenzó a buscar entre las ruinas del mundo la luz de los sueños, comenzó a buscar entre los pliegues de la brisa, una palabra nueva, una palabra viva. Y desde entonces busca su rostro entre una multitud de máscaras y falsas apariencias; una multitud donde nada es lo que parece, donde todo es una engañosa representación de la realidad, un absurdo teatro en el que cada cual se engaña a sí mismo para mostrarle a los demás una vida que jamás vivirá.
Desde entonces el hombre comenzó a caminar para escapar de la noche, pero la noche cercó su existencia y se bebió toda la luz que de su interior brotaba.
El ángel extendió sus alas de pergamino amarillento sobre la memoria de los pueblos, y los guerreros bajaron los trastes del saz hasta la fuente en la que nacen las preguntas.






SEIS


Desde entonces el viajero calzó sus sandalias sin retorno y atravesó la espesura de las palabras que se ocultan en los antiguos abecedarios. Huyó a través de la noche, perseguido por su propia sombra. Atado al silencio y sus enigmas se perdió en los bosques dormidos al sol de la tarde. Huyó por los campos de la derrota, hundiendo sus pies en el lodo milenario que sobre la piel del mundo acumularon las tormentas. Huyó de la mirada fría e inquisidora de los sirvientes del Clérigo, sintió el látigo de sus ojos tras-pasándole las carnes, y el miedo se le coló por los huesos. Pero no se ocultó ni se detuvo, siguió caminando hacia las lindes de la noche, tras las que siempre nace un nuevo día.
El viajero siguió caminando, atravesó las ciudades que un día alzaron los falsos dioses, aquellos ídolos de barro putrefacto que no tienen rostro, y escuchó el dolor vagando por las calles como un animal que devora la paz y la libertad de la gente.
Caminó con sus sandalias por esas ciudades, errante entre la arquitectura de sus sombras, y sus manos tocaron la piel de unos sueños rotos, el rostro de la frustración y el agobio sobre el que los hijos de la tormenta construyen sus vidas. Atravesó todas esas ciudades y contempló el grito angustiado y sin aliento de sus criaturas.
El viajero de las sandalias sin retorno se perdió en las vidrieras que desnudan a las ciudades y sintió en sus ojos la imagen falsa de las absurdas vitrinas, aquellas en las que se buscan los derrotados, los desheredados del sistema.
Se perdió y sintió miedo de la sombra que le seguía. Sintió miedo de su propia sombra y quiso escapar de ella apagando las luces que la proyectaban. Pero entonces el viajero errante no pudo encontrar el camino.
El viajero de las sandalias sin retorno dejó de huir, detuvo sus pasos al filo de la duda y preguntó al ángel caído; ¿qué es un hombre sin sombra? Y desde entonces vagó por el laberinto de los escombros que el tiempo amontona a sus pies.
Desde entonces el errante se encontró perdido en la noche de los pueblos, atado al abecedario de los enigmas. Mas la espada flamígera existe y con ella el universo parece impenetrable.






SIETE


Maldigo al errante que dejó sus huellas sobre la abrasadora arena de mis noches de insomnio.
Maldigo al errante. Aquél que frente a la luz huyó, como el guerrero más cobarde huye de la batalla que está destinada a la derrota.
Maldigo al errante y a su sombra, pero busco sus huellas por el esqueleto de la lluvia. Busco sus huellas por la piel del tiempo y entre las piedras de aquel río seco que golpea mi mirada con la sed del mundo. Busco las huellas de sus pasos y le maldigo, como maldigo a mis ojos que no dejan de buscarle por todos los senderos y por todos los sueños.
El errante pasó junto a mí en silencio, atravesó las noches que me pertenecían; y su presencia llenó mis ojos con la luz de todas las palabras. Pasó junto a mí y trajo el olor de aquellos labios que, volviéndose alas, sobre-vuelan el recuerdo. Trajo consigo el temblor de la carne y el rumor de la sangre, que bajo la piel de la adolescencia corría desbocada y llena de júbilo.
El errante pasó junto a mí y sembró en mis labios la semilla de la palabra. Los versos perdidos en los campos de la derrota y el eco de las lenguas olvidadas de todos los pueblos. Pasó junto a mí y se detuvo en el silencio que cubría el insoportable clamor de mis noches de insomnio. Se detuvo y grito mi nombre junto a las puertas del mundo, y las sombras que me habitaban comenzaron a disiparse.
El errante pasó junto a mí y yo le maldigo en silencio por dejarme atado a los versos que brotan de la angustia de mi soledad; por condenarme a la palabra.
Mas cuando la noche se adentraba en el día, el errante huyó ante la luz, como huyen los sueños si se abren los ojos. Y desde entonces, aunque sigo buscando sus huellas por los páramos de mi soledad, maldigo al errante y a su sombra.
Maldigo sus huellas y al grito que pronunció mi nombre. Maldigo a la palabra que el errante sembró en mis labios, secos como un río de piedras, y a los versos que recogí en la estela de sus pasos vagamundos.
Maldito seas en tu eterna ternura vagante.






OCHO


Como un eclipse de fuego se alejó, restaurando el silencio roto a su llegada. Mis ojos se acostumbraron a su ausencia, pero mis noches se quedaron huérfanas. Se alejó persiguiendo las nieblas, y cuando las noches se adentraban en el día huyó de la luz que roba los misterios.
Cruzó los campos donde hubo ciuda-des, y las ciudades que fueron devorando los campos, pero no se detuvo en los rostros ni bajo la sombra de los árboles.
Caminó por el silencio de las multi-tudes y por el desamparo de todas las sole-dades, pero no se detuvo a escuchar las palabras ni a desnudar los sueños.
Anduvo los caminos que se arrastran por el mundo, mendigando sombras en las que ocultar su rostro, pero no se detuvo a pelear con sus miedos ni a alimentarse de sus huellas.
Anduvo los caminos y se alejó de la luz que brotaba de la palabra que sembró en mis noches de insomnio. El errante se alejó como un eclipse de fuego persiguiendo las nieblas.
Se alejó perseguido por los versos que quieren labios para gritar el dolor y la ira de los pueblos, perseguido por los versos que quieren viento en el que dejar el canto de los poetas.
Se alejó y ya no se detuvo, jamás volvió a cruzar por el espacio que éste hombre desnudo ocupa. No se detuvo, pero sus pasos fueron dejando una estela de palabras sedientas de luz, una estela que desde entonces me arrastra hacia el eco de los primeros nombres. Del origen de las espuelas.





NUEVE


El errante leía las estrellas y descifraba los secretos de las constelaciones. Leía las estrellas y el eco del río que inundaba de huellas la sequedad de los caminos. Leía la música del aire y sentía paz.
El errante descifraba el mensaje oculto bajo la piel de los versos.
En el silencio que envuelve al mundo encontró las palabras desnudas de todas las lenguas.
Sus ojos se adentraron en los paisajes del canto y contemplaron las fuentes en las que las musas bañaban sus cuerpos desnudos.
El errante leía las estrellas y sentía paz.
Descifraba los misterios de las noches del tiempo, los acertijos que sobre la piedra guardan la memoria y la voz, casi agua, de las cavernas.
Descifraba, en la piel de los árboles, el enigma de la resurrección. En el musgo de las laderas de las montañas, descifraba los ritos sagrados de las tribus desaparecidas y en el murmullo del agua con la piedra el vértigo de sus ancestrales danzas.
Descifraba la música del aire y sentía paz.
El errante sentía paz bajo un cielo estrellado, pero una luna salvaje vino y le hizo sentirse perdido ante las puertas del jardín que se adentra en la noche.
El errante leía el silencio del mundo y descifraba sus sombras, pero entonces el sueño se transformó en pájaro de viento:






DIEZ


Pájaros de los vientos que en mis noches de insomnio asoláis el silencio que entre la piel y los huesos me cruje, dejad sobre mi frente el dolor de los sueños.
En mis heridas saciad vuestra sed y pintad el firmamento con la luz que de mis versos brota. Saciad vuestra sed y dadles esa luz a las estrellas que desde algún lugar del recuerdo mi amada contempla.
Pájaros de los vientos que me traéis el aliento codiciado dejad sobre mis labios el sabor de los recuerdos.
En vuelo potente cruzad el tiempo, derribad las murallas de estos días que me consumen, romped las cadenas que retienen mi vida y desandad por mí los caminos sobre los que el olvido va cubriendo mis huellas.
Como piedra de relámpago negro que golpea en la memoria. Como mano invisible que araña la piel desnuda de la nostalgia. Como labios de agua que besan suavemente las trémulas carnes de la melancolía. Así me traéis el pasado, pájaros de los vientos.
Agrandemos la fuente leve, amada, bañemos nuestros sueños en esas aguas; que el amor es luz y esa luz ni la lluvia la apaga. Saciemos nuestra sed en las aguas subterráneas.
El árbol roza su sustento y da cobijo al errante bajo sus ramas. Entre las hojas nace el canto que se hace luz y vuelo. Mas el árbol a la orilla de los siglos, en sol y bosque de luces, trueca su herrumbre.






ONCE


Herrumbrosa y en moho la vida se arrastra sobre la piel del mundo.
Candelas de la mañana deshacen la noche, mas nunca lograrán disipar sus sombras por completo.
Saciado en sueños el hombre se pierde por los laberintos de la realidad.
Cómo no dolerse de luz escasa que apenas si ilumina la existencia del hombre y es incapaz de romper las brumas de todos aquellos enigmas que le confunden y le hacen sentirse perdido.
Cómo no dolerse cuando la vida, herrumbrosa y en moho, golpea los ojos cruelmente y derrota a los sueños. Y cómo no gritar el dolor y el miedo que se aloja en el costado izquierdo de cada ser que habita este planeta.
Cómo no gritar por las madres de los soldados que el monstruo insaciable de la guerra devoró entre sus fauces. Monstruo que fue engendrado por los usurpadores del poder, monstruo al que alimentan con la miseria, el hambre y la muerte para hacer prevalecer su hegemonía. Cómo no gritar con los pueblos que bajo la mano invisible del miedo son convertidos en servidores de esos falsos ídolos. Cómo no dolerse de libertad escasa en los ojos y cómo no gritar ante las garras con las que la codicia destroza a la paz, hipócritamente en nombre de la paz.
Cómo no gritar por la sangre derramada en todas las batallas; sangre que envilece a la tierra que nos amamanta y hace crecer la venenosa flor del odio. Cómo no dolerse y cómo no gritar con los hijos de la ira, que cerrando los puños alzan sus manos amenazantes hacia el pedestal desde el que el poder vigila y ejerce su dominio.
Cómo no dolerse y cómo no ser grito.
Herrumbrosa y en moho la vida sigue arrastrándose a lo largo de las mañanas que deshacen las noches, saciando en sueños de luz escasa el grito del dolor, que el miedo ahoga en la garganta.
Cómo gritar el dolor y no dolerse del grito.
Cómo no gritar desde el grito oscuro del universo desaparecido.






DOCE


El tiempo hace trágica a la belleza.
Al cabo de los años los espejos nos mienten.
A cierta edad las niñas fingen su inocencia, los niños alardean de su virilidad a cierta edad.
A lo largo de su vida el hombre aprende a utilizar sus palabras para no decir nada. Desde corta edad la mujer disimula y lo dice todo con muy pocas palabras.
En algún lugar del mundo los comediantes bajan el telón, suben el telón los farsantes en algún lugar del mundo.
La sociedad es un teatro en el que cada individuo lleva la máscara adecuada a cada momento.
Por los altos páramos de la noche la luna simula su hermosura y los astros mitifican sus orígenes.
Cada tarde el mundo se deshace en sombras, pero el alba reconstruye de nuevo cada día sus formas.
La vida es una eterna sucesión de breves momentos. La vida es el mundo; un mundo que camina, que suspira, que palpita; un mundo que ama desesperadamente y que odia sin límites. El amor y el odio están separados por una fina tela que se llama comprensión.
El mundo es la vida que se renueva a cada primavera y el hombre sólo es otro animal más que lo habita.
Al cabo de los años los ojos nos mienten, pero a la belleza ni el tiempo, ni los espejos la harán trágica; a la belleza sólo la hace trágica nuestro miedo a envejecer.
A lo largo de la vida, todos enmascaramos nuestros defectos, pero la vejez nunca será un defecto, sólo es otro aspecto de la belleza.
Los espejos no nos mienten, sólo nos mienten nuestros ojos.
En este silencio ensordecedor que nos rodea, tengo las manos huérfanas de tanto desnudar sueños. Tengo los labios resecos de gritarle a mis soledades y mis ojos derrotados como palomas sin alas de tanto buscar libertad.
Sé que suspiro me dio la vida y que dolor me puso en este mundo, mas no encuentro las palabras que me rediman de todos mis errores. Sí, mis errores no mis pecados pues yo jamás pequé; sólo peca quien tiene fe, y yo no tengo fe. Yo solamente creo en la vida que se renueva a cada primavera y que se perpetúa a cada ser que nace, ya sea animal o planta. He cometido errores y por ello pido perdón; soy humano, disculpen mi circunstancia.
A lo largo de su vida, el hombre baja la voz y aprende a escuchar.
A cierta edad nos despojamos de todas nuestra máscaras.
Al cabo de los años mis ojos no necesitan espejos para contemplarme.
Este es mi palacio; aquí vivo envuelto por una piel y una carne, sujeto a unos huesos, navegando por estos ríos de sangre y estos mares de agua oculta. Aquí estoy, erguido en el tiempo, sin huella de derrota.
Aquí vivo, al filo de la realidad y la quimera, conociendo mi rostro en los espejos a través de estos ojos que me mienten; pero jamás llegaré a conocer mis mariposas, aquellas que habitan en el corazón del hueso.






TRECE


El errante bebió desde las copas de fuego el grito mudo con que los bosques manchan de humo el azul de los cielos. Bebió la sabia que los árboles derraman al filo del hacha. Se sintió carcoma sobre el tronco abatido, y contemplo la tristeza de las raíces secándose al viento. Notó la ausencia de la algarabía de las ramas, y presintió que se aproximaban noches muy frías.
El errante se estremeció, desde la medula de sus raíces, hasta las hojas mas ocultas de sus ramas de viento, ante el rugido devastador con que el progreso se adentra en el bosque. Contempló la emigración de los árboles camino de las ciudades. Bebió, desde las copas de fuego, el espectro de la madera y se sintió huérfano en la soledad de la tierra. Sus ojos inundados por la ceniza y el serrín se perdieron por paisajes desolados. En silencio se detuvo junto a su sombra y mirándose las manos, lleno de rabia y derrotado por la culpa, arrojó todos sus lapiceros.
El errante se sintió carcoma y ocultó su rostro entre las páginas de los libros que devoraron a cientos de árboles. Sus oídos recogieron el grito de los periódicos que se arremolinan por las plazas del mundo. El lamento de las toneladas de cuadernos que los párvulos destrozan en su adaptación al sistema. El dolor de la madera de los millones de blocs de notas que los químicos y matemáticos, brujos del progreso, emborronan de ecuaciones oscuras como sus vidas. El llanto, entre melancólico y desesperado, de los adolescentes diarios en los que se guarda el último rubor de la inocencia.
El errante bebió de las vasijas secas y en sus labios se rompieron las palabras que han de pregonar la libertad del hombre. Se rompieron todas sus palabras en las despo-bladas maderas despalabradas que recorren las puertas, las ventanas y alféizares del mundo. Y solitario atravesó las ciudades cerradas por la madera huérfana de los bosques desmaderados. Se perdió, sombrío, entre las sombras que devoran todas las huellas.
Y el errante, igual que los bosques, fue devorado por las ciudades; cementerios de árboles:






CATORCE


Casadeshilachadademadera, desnuda y anclada en el tiempo. Vida inerte de otra vida agitada por el viento. Casa de madera de árbol muerto, vieja en sus viejos recuerdos. Despoblada casa, sin rumor de pasos, sin risas y despalabrada, como un bosque sin hojas que yace sobre el lodo.
Casadehilachadademadera muerta, y muerta casa enlasangreoxidadadelcemento que recorre el mundo en un azote gris donde se quiebra el viento. Casa de árbol de bosque deshabitado.
Ruinadesolesypartidaensusraíces ma-dera de casa donde juegan el viento y las lluvias, donde no quedan sombras en las que ocultarse puedan los sueños.
La mano del tiempo descorreelvisillo-sinventanaquemuestraelríosinaguaquecorre.






QUINCE


Cementerios de árboles se arrastran por las alcobas de las ciudades. La madera de los lechos del amor cruje como una queja que sólo percibe la carcoma que la orada.
La muerte alimenta vida y la vida se extravía por los desiertos calcinados donde habitaban los bosques. Y allí, sobre el tapiz de la ceniza, el errante dejó su huella; y sus lágrimas fueron secando el tronco de la palabra.
Ya nadie quiso oír el canto de las hojas con el viento. Todos quisieron ser hijos del clamor incesante, aquel clamor que traspasa el cemento y las vidrieras de las torres. Nadie quiso oír el aullido terrible de los bosques, ni el estruendo espantoso de la piedra que se vuelve polvo. Nadie quiso oírlo.
El viajero de las sandalias sin retorno extendió sus líneas sobre los renglones del cuerpo del cadáver de las palabras. Extendió sus oídos por los páramos del silencio y tropezó con el nido de las víboras, en donde nacen todos los gritos.
Y al errante viajero sin retorno se le secaron las palabras desde la raíz más íntima y dolorosa, hasta las alas de las últimas mariposas de agua que Penélope tejiera con el barro de los sueños.
Entonces, cerrando los ojos entre sus puños, el viajero errante lloró y gritó su rabia a un cielo sin pájaros; un cielo extraño como un espejo sin ojos.
Así sufría el viajero de las sandalias sin retorno cuando, sin grito y sin palabra, caminó echando sus pies y sus huellas a los desiertos del silencio. Mientras bajo las cúpulas de Babilonia las palabras, oscuras como alimañas, se prostituian y fornicaban con las primeras letras del alfabeto de los tiempos.
Caminó con sus sandalias manchadas por los lodos que vierten las ciudades del odio, y con sus manos ateridas por la ira que engendra el dolor y el miedo. Caminó y rompió sus ojos con el grito de los pueblos que gritan hacia dentro para no levantar sospecha. Ese grito mudo de unos ojos y unos labios secos como un río de piedras que ya no recuerda el canto de las hojas con el viento, ni la palabra que brota de la voz de los sueños. Esos sueños partidos en dos por el hambre y el miedo ilegal de los legales del miedo.
El viajero errante caminó entre los rastrojos del tiempo atravesando las ciudades, esas ciudades cubiertas de ojos, llenas de rostros furtivos y de cuerpos que se esfuman en las nieblas. Caminó sin descanso cruzando todas las ciudades, esas que se arrastran por el mundo cargadas de hombres sin tiempo. Ciudades desnudas que se arropan con su miseria y ocultan su angustia tras la luz de falsos sueños. Vagó por todas las ciudades y en todas conoció el miedo que habita la piel del hombre. Conoció esas extrañas ciudades ancladas al lodo de los siglos, ciudades atravesadas por un río de odio que recorre un mundo sin sueño y sin paraíso.
Entonces por el vaho húmedo de las ciudades, y sobre los renglones del pergamino amarillento de la memoria de los pueblos, se secaron las palabras en su raíz y en su tronco, y Penélope dejó de tejer mariposas.
El errante se detuvo ante los espejos profanados, y sin encontrar sus ojos en ellos gritó:
Pero yo hablo de mí.
No hablo de ciudades sepultadas bajo nieblas espesas, no hablo de peciolos ensangrentados, del corazón textil de los vestidos.






DIECISÉIS


Cuando el agua duerme sola los espejos se enturbian y se hielan las miradas.
No sé que extrañas manos me despojan de la luz que sobre mi piel dejaron todos mis días y todas mis noches. No sé porque siento tanto miedo.
Estas carnes trémulas de mi cuerpo ya no saben de aquel sol de la infancia. Alguien escondió la llama de aquellos años entre estas sombras devoradoras, alguien la robo y desde entonces siento un frío terrible.
Cuando las noches se quedan sin ojos a los que asomarse puedan los sueños el agua amanece nieve.
Nadie duerme por el mundo, en estas hambrientas noches.
Nadie duerme por estas ciudades abarrotadas de ojos.
Nadie grita por estos bosques de hormigón, por estos ríos de asfalto nadie grita. Sólo vigilan desde los siniestros abismos de las ciudades, con su mirada de fuego chamuscando las alas, cortando las alas. Cortando las alas con un ladrido oscuro como el sonido de un hacha.
Por las entrañas de las ciudades corre un río de ojos, corre un siniestro río de ojos como alimañas.
Pero yo no hablo de las ciudades, yo hablo de mí y de mis alas adoloridas, tronchadas, cercenadas por el hacha siniestra de la mano que gobierna el juego.
Yo hablo de mí, y lloro en silencio esta muerte que me ocupa y este dolor que me arrastra por las frías callejuelas de una ciudad sin salida, una ciudad de huérfanos invadida por las sombras entre las que se ocultan los desterrados del paraíso.
Cuando la mano acaricia a la nieve se vuelve agua.
No tengo alas, ni ojos en los espejos.
Fui arrojado a este mundo y ni sombra tengo a la que aferrarme.
Oigo el ladrido del hacha azolando las ciudades y el silbido de las líneas de los viejos libros confundiéndose en el silencio de la inmensa algarabía.
Mis oídos husmean entre la vorágine de la palabrería incesante, buscan el rumor de las huellas de todos los diccionarios donde habitan los alfabetos del tiempo.
Mis oídos buscan, mas no encuentran, los eternos manantiales de las palabras florecidas, las palabras como soles hermosos.
Mis oídos escudriñean entre las sombras que albergan todos los silencios y regresan sólo con palabras prostituidas, ultra-jadas. Regresan con palabras esposadas y arrojadas a las mazmorras de la ignorancia. Mis oídos regresan sólo con palabras domes-ticadas, sometidas al servicio de aquellos que gobiernan el juego.
¡Ah! de mis alas rasgadas, cercenadas; ¡ay! de mis alas.
Sin sombra fui arrojado a este mundo y por el me arrastro despojado de mis alas.
No tuve más pecado que renegar de Dios. Ese Dios impuesto por el hombre, ese Dios creado a imagen y semejanza de los ancestrales clérigos del mundo; hechiceros de todas las tribus, administradores de las creen-cias y los miedos con los que se amansan los pueblos.
No tuve más pecado que mi grito.
El viajero de las sandalias sin retorno pasó junto a mí, y desde entonces aguardo la venida de su palabra y el verso prohibido que navega por las aguas de la memoria.
Desde entonces intento descifrar los enigmas de sus viejas palabras llenas de lágrimas.






DIECICIETE


El viajero de las sandalias sin retorno abrió el baúl de sus mayores.
Rebuscó con sus cansadas manos entre el polvo de los siglos y alzando ante su rostro el confuso espejo de la vida, lo llenó de ojos queriendo ver algo, queriendo entender el significado de los viejos testamentos. Quiso descifrar los enigmas de los calendarios del agua con la piedra. Pero hay caminos que jamás se andan, senderos que el tiempo borra. Hay sueños que la realidad derrota. El viajero tuvo sus dudas y con su pluma de luz escribió en el pergamino del viento; dicen que hay un Dios allá arriba que el bien y el mal está juzgando y a veces pienso que es mentira o que tal vez le estén sobornando.
El errante abrió el baúl de sus mayores y, rebuscando con sus cansadas manos entre los pliegues del tiempo, vio como la piedra invadía al mundo e iba robándole, poco a poco, su blando lecho de tierra a la flor. Encontró a un hombre extraño, hijo de la prisa, que corría por los ríos negros del progreso. Un hombre huérfano de su propia sombra y sin fantasías para soñar, un hombre que algún día enterró su llanto en los abismos de la noche.
El viajero de las sandalias sin retorno abrió el baúl de sus mayores, y rebuscó con sus cansadas manos entre la memoria de los pueblos. Comprendió a ese hombre al que la tormenta de los días golpeaba con furia, ese hombre al que el silencio del mundo envolvía y ahogaba el último eco de su voz. El viajero conoció a la nueva estirpe del vértigo, de la prisa; conoció a los oscuros hijos de la tormenta. Entonces desde la última piedra del universo se elevó sobre sí mismo y golpeando los muros del tiempo con sus furiosas manos, rompió las sombras y miró al otro lado.
El errante abrió el baúl de sus mayores y rebuscó con sus cansadas manos entre las raíces genealógicas de sus antepasados. Descubrió las leyendas que de boca en boca llevaban los vientos, oyó el rumor de antiguas historias en un deambular de familiares palabras. El errante supo que la palabra hiere el ámbito de los sueños, supo que es un fulgor que crece como aquel árbol inmenso que cobija a los pueblos.
Desde entonces el viajero de las sandalias sin retorno busca sus huellas, escarba entre las páginas esquivas de sus delirios. Araña esos extraños espejos sin ojos donde se ocultan sus versos perdidos, como ángeles caídos sobre el erial mudo de los libros cerrados por la ignorancia. Vacía sus bolsillos sacando todos sus sueños. Se detiene, y desde su atalaya mira estos campos desnudos del tiempo, los extraños paisajes del mundo con sus viejas danzas y sus rostros nuevos. Con sus cansadas manos, el viajero, vacía el baúl de sus mayores y entonces contempla como por las sendas del viento, buscando el alba, sin voz del hombre, sola va la palabra.
El viajero de las sandalias sin retorno naufraga bajo la cúpula de los sacerdotes del olvido. El fruto de los sueños es tan breve. Todas las sendas son un río fugaz de huellas. Tal vez el viajero vuelva a cruzar por estas tierras bajo una noche de estrellas. Tal vez nos deje su canto, desnudo, en la estela de un sueño. Mas yo sólo quiero daros la voz del poeta de las tormentas, el grito de ese hombre extraño que se buscó en el espejo turbio del mundo y que al final de cada una de sus noches, tan sólo encontró vidrios rotos donde hubo sueños. Sólo quiero daros aquella palabra que se hizo semilla y quedó esparcida por los campos del tiempo.
Desde entonces el errante se encuentra perdido entre los ecos de una palabra domesticada, de una palabra sometida, de una palabra atada al abecedario oscuro de los mercaderes de los sueños. Desde entonces el aprendiz de poeta, busca en las huellas del viajero errante esa palabra nueva de la que brotaran todos los versos prohibidos que hagan temblar las viejas tablas por las que se rigen las tribus del mundo.
La vida cruza por las llanuras del miedo, mas la espada flamígera existe y con ella el universo parece impenetrable.






DIECIOCHO


¿Qué hacer cuando muerto el rey continua la partida?
Durante largo tiempo estuve pregun-tándole a los espejos por el origen de los sueños.
Estuve preguntándole, durante largo tiempo, por los enigmas ocultos en mi sombra, a los espejos.
A los espejos les estuve preguntando, por la raíz primigenia de la palabra, durante largo tiempo.
Por mí, a los espejos, estuve pregun-tándole durante largo tiempo.
Mas hoy, a las sombras de la memoria, sólo puedo preguntarles por el paraíso per-dido.
Durante largo tiempo he continuado la partida con una reina viuda.
¿Qué hacer? cuando los sueños sólo engendran derrotas.
¿Qué hacer? con los enigmas de la palabra.
¿Qué hacer? con la página en blanco.
Con los versos perdidos ¿qué hacer? con el ángel caído.
Con la espada flamígera ¿qué hacer? si aún muerto el rey continua la partida.
¿Cómo luchar contra los centinelas del olvido?
¿Qué hacer? con nuestras manos, y con nuestros labios ¿qué gritar?
Yo sólo soy el aprendiz de poeta, un pobre diablo perdido en sus quimeras.
Durante largo tiempo de mi vida a la luz de las preguntas, los libros me hicieron un mundo al que he intentado que éste se le pareciera.






DIECINUEVE


Pareciera que la noche estrellada
alargara su luna oscura, alargara las heridas
alas de Cristo-Luzbel.

Pareciera que el tiempo
arañase sin piedad mi alma,
y que por los desolados paisajes del viento
pasaran los oscuros pájaros del olvido.

Pareciera que la noche
se adentrara en el día,
dejando tras de sí el aroma de unos sueños.

Pareciera como si la palabra girara en el
tiempo
igual que un antiguo rito
que jamás se olvida. Pareciera
que el silencio fuera a romperse…
que las estrellas
temblaran de miedo…

Pareciera…
Pero yo sólo soy un aprendiz de poeta
el fruto de todos los silencios,
mientras la lluvia con la piedra
inicia su escritura de pergamino antiguo,
escrito en la estela de
El último ángel caído.











FIN


Sobre el débil borde
de un suspiro
abandono
la piel de mis sueños.











EPÍLOGO


Con estas palabras no intento justi-ficarme, ni pretendo una excusa para disculpar mi atrevimiento, mi osadía, al usar la palabra de Julio pronunciándola, trasmitiéndola, alargándola por el viento fugaz de estos labios míos.
Profanación de la Palabra está escrito en la estela que Julio Vélez dejó en mí a través de Escrito en la estela de El Último Ángel caído. Es un libro a partir de otro libro, es el fruto de aquel libro.
Profanación de la Palabra es el impacto producido por la palabra de Escrito en la estela de El último Ángel Caído en el alma sedienta de un ser que busca y necesita la palabra para seguir subsistiendo.
No he pretendido apropiarme de nada. No he pretendido destruir nada y ni mucho menos he pretendido mejorar nada, pues nada hay que mejorar de lo ya, de por sí, excelente, sublimen y hermoso.
Sólo he pretendido hermanarme con la palabra de Julio, en un respetuoso acto de incondicional entrega. Sólo he pretendido fundirme y aunarme con su palabra. Aquellos quienes otra cosa vean en este libro, jamás han sentido la poesía en carne viva confundiéndose con su ser. Jamás han sido poesía.
Este libro, pues, sólo es un acto de amor hacia aquel otro libro que lo provoca y que sin él jamás habría sido.

Gracias Julio por habernos regalado la esencia de tu ser hecha poesía.

Gracias Julio por habernos dejado en herencia esa tu palabra que habrá de labrar nuestra palabra a través del espacio y del tiempo;
gracias José Julio Vélez Noguera.











Este libro se terminó de imprimir
el día seis de mayo de dos mil siete
sesenta y un aniversario
del nacimiento
de Julio Vélez