miguel fernández rivero
Ed. El Pájaro Azul
EDICIONES
El
Pájaro Azul
Edita:
Miguel Fernández Rivero
Correo
Electrónico:
Foto
portada y contraportada:
Miguel
Fernández Rivero
Foto
solapa:
Francisco
Guardado
Colabora:
Asociación Poética Cultural “Sin Fronteras”
Imprime:
GafiDos
ISBN:
978-84-09-15242-1
Depósito
Legal: SE 1870-2019
Este libro va dedicado a todos aquellos versos, poemas y sueños
que yacen en el fondo de un cajón
o dormitan en el interior del baúl del olvido.
PROEMIO
Oigo una voz muy
antigua que me invade y que, acariciando mis ojos y mis labios, me cuenta todas
las leyendas de los hombres y todos los secretos que los hechiceros vierten en
los conjuros con los que nos enamoran o nos destruyen.
Oigo una voz que
va por el viento, una voz antigua, una voz extraña que me trae la palabra de
los viejos poetas, aquellos que copularon con las musas en las laderas del
Olimpo. Aquellos poetas de cuyas carnes comemos como alimañas para alimentar
nuestra hambre de inmortalidad. Aquellos poetas, por siempre adorados, dioses
tiranos a los que es regla y ley rendir culto. Aquellos poetas a los que amamos
con incondicional entrega y a la vez odiamos con todas las fuerzas de nuestra
envidia. Aquellos poetas bajo cuya sombra soñamos con la palabra y con el verso
brotando de nuestra mirada y de nuestros labios. Aquellos poetas a los que
imitamos desde siglos repitiendo sus estrofas, sus ritmos y rimas, poetas a los
que robamos hasta la idea. Aquellos poetas amados, adorados, ultrajados; aquellos
poetas, aquellos que son los dioses de nuestro fracaso.
Oigo una voz que
va por los corredores de la memoria buscando puertas, buscando ventanas por las
que salir para mezclarse con mi palabra y con mi verso, una voz antigua, esa
voz de los viejos poetas que no me dejan gritar mis versos al viento con la
melodía y el estruendo de mi propia voz.
Yo, Aprendiz de
Poeta, hombre atado a esta locura, hija del amor y del odio, como en sus versos
alguna vez Panero dijo, /...con mis manos acaricio la flor marchita del
verso/ De hacer versos como el ritual del neurótico obsesivo/ Sobre una página
donde dice “Ah” y “Oh”/ Como si la vida fuera sólo cesura y rima consonante/.
Por ello os
digo, amados viejos poetas y odiados poetas viejos, esos de la voz antigua de
mis versos, que yo voy a seguir escarbando entre vuestros huesos, profanando vuestra palabra e imitando vuestros
versos en un incesante plagio hasta que mis versos saquen a la luz a esta
criatura extraña que llevo dentro.
Yo soy el
Aprendiz de Poeta, el fingidor que juega con vuestros sueños y os arroja a los
ojos la nada de su palabra.
no queda ya nada si
no este atroz siete
cifra de la locura y
de la muerte
Leopoldo María Panero
Sublimación del 7
CLAVE_
7
PARTES
BAÚL =
-------------------------------- =
574 VERSOS
82 VECES
7 VERSOS
1ª 2ª 3ª 4ª 5ª 6ª 7ª
---------- + ----------21 + ----------133 + ----------28 +
----------378 + ----------14 ---------- = 574
Proemio 3x7
19x7 4x7 54x7 2x7 Epílogo
PRINCIPIO
¡oh! esta luz sin piedad a
quien los hombres
llamaron poesía, y es sólo
memoria
Leopoldo María
Panero
TAN
SÓLO SOY EL HOMBRE
Tan
sólo soy el hombre
y
voy gritando
por
las sendas del mundo
mi
palabra y mi verso.
Sí,
mi verso, estos versos,
desgarrada
palabra entre mis labios.
Tan
sólo soy el hombre
que
va gritando su palabra al viento.
El
caminante sin retorno,
el
nocturno viajero.
Soy
el hombre que grita
y
va soñando,
ave
que pasa,
perdido
canto.
Por
las sendas del mundo voy gritando
estos
versos sin ritmo.
Mi
palabra vencida
entre
los manos,
se
vuelve oda atroz del espanto.
Tan
sólo soy el hombre, el caminante
y
voy soñando...
Libro Primero
La palabra
y el verso
lleno de mal aliento,
Leopoldo María Panero
I
Hoy, desde mi atalaya,
al filo de una lágrima
os dejo mi palabra.
II
En noches como ésta
admito haber soñado
con la palabra y el verso
desgarrando mis labios.
III
¡Oh! Destello del silencio
que recorre tu madera,
palabra desnuda y verso
habitando tu madera.
Sigue el árbol dando fruto
voz del tiempo en tu madera,
y grito de un hombre absurdo
horadando tu madera.
¡Oh! Centenario baúl
tabla y rima tu madera,
sílabas, poemas sin luz
ocultos en tu madera.
Tu madera con mi grito
oda atroz de tu madera,
palabra y silencio, ritmo
que recorre tu madera.
Árbol; tu vieja madera.
Viejo baúl; tu madera.
Hombre; tu vieja madera.
Viejo poeta; tu madera.
IV
Al filo del alba
desnudé mi alma
Colgué los recuerdos
al filo del alba,
al filo del viento
desnudé mi alma
Colgué los recuerdos
al filo del viento.
V
Ya no tengo sus manos
para buscar los sueños,
y sus ojos risueños
me quedaron lejanos.
He perdido la rosa
de su rostro sereno,
los días del gozo pleno
y la flor candorosa.
Hoy me faltan sus risas
y su clara mirada.
De la niñez dorada
sólo quedan cenizas.
El tiempo va robando-
me esa tierna criatura.
En esta noche oscura
su muerte estoy llorando.
Aquel niño he perdido
tras el rostro del hombre,
no recuerdo mi nombre,
la vida me ha vencido.
Al final del sendero,
que me lleva de paso,
he de hallar el ocaso
y al niño verdadero.
VI
Al soñar vi mis manos
atrapando los sueños,
admito haber soñado.
VII
Apenas perceptibles y sin prisas
estos días de otoño, dulcemente
van cubriendo mi cuerpo de cenizas.
Cenizas de los sueños en mi frente.
El hombre que soy tiene un niño preso
Tras de los muros grises del presente,
un niño de luz, bello como un beso
que ni mancha ni turba. Niño mío
buscar quiero caminos de regreso,
regreso a ti, por el oscuro río
que se lleva los sueños. Moribundo
busco tu fuego y tan sólo hallo frío.
Perdido pasa el hombre, vagamundo
sin sombra que recorre los caminos
que cruzan por su vida y por el mundo,
en busca de su rostro. Lo divino
nos atrapa en la carne, carne inerte
que se entrega sumisa a su destino.
Destino de la vida que es la muerte.
La muerte busca al hombre por la vida,
Cual presa abandonada a su suerte.
A mi carne le duelen estas heridas
que no sangran y el frío de estos años
sin sueños; a mi carne desvalida.
Desvalida criatura del rebaño.
Al hombre que soy busco en los espejos
y sólo encuentro el rostro de un extraño.
Mas el hombre tan sólo es un reflejo
que se pierde en el tiempo. Voy sin prisas
de mi muerte a mi vida, como un viejo
sueño olvidado bajo mis cenizas.
VIII
Hay tardes que se alojan en el alma
como si fuesen pájaros heridos
que ya no pueden volar.
Hay tardes que se alargan por la vida
igual que un sueño.
IX
Sinuosos
signos se agitan
en
las brumas de paisajes
desolados.
Las viejas ciudades
gritan
por
desvelar sus mensajes
olvidados.
La luna, un frío cuchillo,
va destrozando miradas.
Bajo
el hielo
de la noche oculto el
brillo
de las siniestras espadas,
tiembla
el cielo.
Nadie
duerme por el mundo.
El hombre abriendo sus
ojos,
angustiado
como
un perro moribundo,
va buscando en los despojos
su
pasado.
X
Perdido entre mis sueños
admito haber soñado
con tus labios gritando
mis palabras al viento.
XI
Un árbol sin hojas
esconde el secreto.
Al filo del alba
encuentro los versos
de otra noche rota
en los fríos espejos.
Cuando el poeta calla
se detiene el tiempo.
XII
Silencio, no hable nadie por el mundo
que los cantores dejen ya sus trovas.
Silencio, que la muerte hoy nos roba,
sin compasión, un hombre por minuto.
Silencio, callen todos, nadie grite,
oigan gemir al viento en estas tardes,
viento feroz que busca entre la sangre
de aquellos que murieron sin ser libres.
Silencio, no hable nadie por la tierra
busquen todos sus lágrimas y lloren
por el niño que muere sin ser hombre
por el hombre que muere siendo fiera.
Silencio, pido un poco de silencio.
Cállense que la tierra está sangrando.
Guarden silencio y busquen en sus manos
la compasión, que un hombre está muriendo.
XIII
Admito haber soñado.
Tras la noche más cálida
hoy me duelen los ojos
como duele una herida
bajo la piel oculta.
Hoy me duelen los ojos
de hurgar entre los sueños
cual mendigo que busca,
como sacro alimento,
frágil luz de un poema.
Admito haber soñado
y al soñar vi mis manos
luchando con el viento
que me roba estos versos
Soy el hombre que llora,
el que vaga sin sueños
y el que pierde sus pasos
por sendas sin retorno.
Soy el hombre que llora
y admite haber soñado
con pájaros heridos
anidando en su alma
Hoy me duelen los ojos
como duelen los sueños
sobre la piel desnuda.
Hoy me duelen los ojos
y admito haber soñado.
XIV
¿Qué nos queda
cuando todos nuestros pájaros
se nos pierden
entre las brumas del tiempo?
Intermedio
La carne destruida del verso
La batalla perdida
para siempre
la batalla del
pensamiento
la batalla de la rosa
demacrada
la batalla impura del
verso
Leopoldo
María Panero
poema uno
EL PÁJARO AZUL
Sobre
un cuento de Rubén Darío.
“Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en
mi cerebro; por consiguiente...”
Hoy comienzo a
enloquecer.
El aire de París es
un poema que se dilata en el tiempo.
La noche, toda
puertas, me envuelve
con su luz.
Ya no me quedan espejos
en los que buscar mi rostro.
Ya no me queda ni rostro
que buscar en los espejos.
Salvadas las
fronteras, por las
sendas del viento,
persigo
la voz plena que
habrá de descifrar los arcaicos secretos de los mundos.
París era unos ojos
abiertos
sobre mí,
y parecía mi alma
un
tembloroso pájaro,
quimera en revuelo azul
en las íntimas tardes del invierno
entre poetas,
entre escultores,
entre pintores;
bohemios todos,
criaturas
del aire,
hijos de la noche.
El
poeta es un grito que al universo hiere.
El café Plombier
era los ojos tristes de Garcín
y la música alegre de sus versos.
La
palabra se propagaba por los senderos del humo
como un fuego devastador.
Todo giraba en el olor de ajenjo.
En un rincón del
cuartucho,
como gaviotas
olvidadas,
mis manos sobre el
mármol
miraban el frágil
paisaje
donde las musas
danzaban
y a veces
exaltadas,
elevadas
por el aroma a hierba
se deshacían en luz.
Un trémulo reloj
partió en dos la noche.
Salí del café,
París se había desvanecido.
La calle que me
llevaba
tomaba forma a cada
paso
y después se
ocultaba
entre
la niebla.
Sobre mi cabeza el frío
puso una gorra.
A mis
espaldas una presencia; volví mis ojos, miré, no había nadie
Estaba
siendo seguido por un pájaro azul.
poema dos
EL TEATRO
* al cabo
de los años
los espejos nos mienten
**
a cierta edad
las niñas fingen
su inocencia
y los niños
alardean de su
virilidad
*** a cierta
edad el hombre aprende a utilizar sus palabras para no decir nada desde corta edad
la mujer disimula y lo dice
todo con muy
pocas palabras
* los comediantes
bajan el telón suben telón
los farsantes
** la sociedad es
un teatro en el que cada individuo lleva la
máscara adecuada a cada
momento
*** a lo largo
de la vida todos
enmascaramos nuestros defectos
*/ en este
circo grotesco los espejos no nos mienten
sólo nos mienten nuestros ojos
poema tres
EL FRUTO DE TODOS LOS SILENCIOS
I
Sobre el regazo cálido de la noche descansa mi soledad de hombre, para
convertirse, fecundada por la luz, en el silencio transparente del poeta.
II
Yo soy el árbol azotado por el vendaval y estos versos son las hojas
que se desprenden de mi alma.
III
El fruto del silencio siempre será una ausencia.
IV
Toda la luz del universo quedó prisionera en la gota de rocío que sobre
la flor temblaba a punto de quebrarse.
V
Hoy tengo tristes los labios porque no encuentro unos ojos donde
sembrar mi canto.
VI
La niebla invade los paisajes del viento cegando los ojos de las
mariposas; mas el último pájaro del mundo habrá de ser de luz.
VII
Yo soy como el árbol, mis ilusiones son las ramas que quieren tocar el
infinito y mis recuerdos las raíces que me atan a la tierra y me dan el
sustento para seguir viviendo.
VIII
Yo soy el hombre que juega a ser poeta.
IX
El fruto de una ausencia siempre será la soledad.
X
En esas largas noches de insomnio una luz extraña hace temblar las
hojas del árbol donde habitan las musas y entonces mis manos de mendigo recogen algunos versos.
XI
En la oscuridad de estos días tal vez puedan distinguirse, como
pequeñas luciérnagas; mis trabajos de poeta.
XII
La vida es un río de sangre que crece día a día.
XIII
A veces escucho una voz, tal vez muy antigua, que me dice al oído; tan
grande será, algún día, la verdad del
hombre que apenas si cabrá en el ojo de un pez.
XIV
Yo soy el árbol de los frutos que alimenta el alma, entre mis ramas
construyen sus efímeros nidos las aves de la noche.
XV
El fruto de la soledad siempre será un suspiro.
XVI
Caen todas las lluvias de la vida sobre las resecas hojas del otoño y
levantan el amargo olor de unos sueños rotos.
XVII
La luz es un puñal que asesina a la noche.
XVIII
No creas que con tus insultos lograrás ofenderme, pues servirán tan
sólo para enaltecer mis cualidades.
XIX
He pasado por el mundo y el mundo ha aceptado mis huellas.
XX
Mis versos son las hojas que el viento esparcirá por las edades del
mundo.
XXI
El fruto de un suspiro siempre será el silencio.
XXII
La carcoma de los días va devorando mi piel.
XXIII
Yo no soy el canto, ni mi voz es la palabra. Sólo soy el árbol que
entrega sus hojas al viento.
XXIV
Jamás pedí una multitud de oídos, sólo busco unos labios en los que
sembrar mi canto
XXV
Que tus oídos no sean la tumba en la que muera mi canto.
XXVI
Con una pluma de agua escritos, en las paredes del viento, dejo todos
mis versos.
XXVII
Pero yo sólo soy el aprendiz de poeta; el fruto de todos los silencios.
XXVIII
Éste es mi rostro, éstas mis manos, ésta mi voz y mi palabra, quizás no
sea mucho pero nada más que eso soy.
poema cuatro
DE LA NOCHE Y SUS CRIATURAS
UNO
La tarde se desliza por el ensangrentado filo del
horizonte. Aunque la quietud va acrecentándose por momentos, en el aire se
percibe la prisa y todo parece huir hacia lugares inconcretos. La noche cae
envolviéndolo todo húmedamente, horriblemente fría, asemejándose a una tumba.
De improviso, como siempre, el sueño nos devora con sus dulces fauces de musa
desnuda y nos sumerge en el cálido ámbito de nuestro limbo. Suspendida en
estado de entrega total, levitamos en el etéreo espacio que existe entre la
línea del hombre y la línea del universo.
DOS
Las doradas aves alzan su vuelo y pueblan la noche con un
rumor de días no vividos. Sus alas de espuma disipan las sombras y vierten un
torbellino de imágenes que hacen temblar al espíritu. Con sus picos de seda
hieren la fibra de los deseos, haciendo brotar gotas de luz, alimento de
mariposas y de invisibles criaturas. Entre las desnudas ramas del árbol
construyen sus efímeros nidos, con plumas de lágrimas y suspiros, lecho que
acoge al huevo transparente de la imaginación.
TRES
Lejos están aquellos lugares sin tiempo a los que algún día
accederé. Perdidos en la maraña de cientos de días o en el laberinto oscuro e
inmenso de las noches. Lejanos y perdidos, pero no obstante, estas aladas
quimeras me aproximan a ellos, me alzan sobre las murallas de la realidad y me
dejan caer en los sabios campos del inconsciente. Allí, poseído por esa dulce
claridad, dejo este cuerpo en el que habito e intento tocar a ese hombre que
jamás seré.
CUATRO
Mis ojos, casi entornados, buscan en mi interior las sendas
que puedan llevarme a mi nivel último, al íntimo centro del hombre o al
celestial espacio donde las musas regalan los ojos del poeta con sus lujuriosos
encantos, bailando en torno a él sus ancestrales danzas. Pero esos caminos
siempre angostos y difíciles de andar, a veces desaparecen en el aire o me
muestran otras rutas inciertas, por las que me pierdo constantemente. Mas yo sé
que esa fuerza está ahí, enterrada en lo más profundo de este cuerpo, templo de
los deseos, esperando a que las manos de mi alma la tomen y la alcen para
poseerme y engendrar en el vientre azul de mi mente, esos inquietos hijos, que
algún día bajaran hasta mis labios y se harán luz.
CINCO
Desde las turbias colinas del ser donde habitan las
fantasías, entre oleadas de sombras y cálidos reflejos, bajan las terribles
hurtadoras del sueño. Hambrientas llegan y merodean mi lecho como furtivas
alimañas, dispuestas a devorar los últimos despojos de realidad que quedan en
mi mente, para apoderarse, tras el festín, de esas parcelas inaccesibles a la
razón e invadirlas con su vaporosa e incorpórea forma. Me acechan por todos los
rincones de la noche, siempre dispuestas a saltar sobre mí. Mas si en algún
momento del asedio, al percibir su presencia, abro mis ojos e intento
retenerlas, escapan como el agua entre los misteriosos pliegues de la noche,
logrando tan sólo atrapar, por sus flotantes cabelleras, a las más perezosas y
confiadas o a las que de algún modo, tal vez, haya conseguido enamorar. Por lo
cual las tomo entre mis manos y con ternura las engalano con los mejores
vestidos posibles y las dejo pasear por el mundo.
SEIS
Mas esas criaturas fluidiformes, embellecidas por las
sutiles telas de la palabra, necesitan la dulce caricia de tus ojos para seguir
vivas. Necesitan del impulso majestuoso de tu voz, antiguo viento de los
mundos, para dilatarse en el tiempo y abonar los fértiles campos de la mente
del hombre. Necesitan de la fuerza de tus sueños para hacerse resplandor y
derrotar a esas sombras que cubren, amenazantes, las regiones de nuestras
vidas. Pero sabed que yo jamás pediré una multitud de oídos, sólo quiero unos
labios en los que sembrar la palabra que habrá de forjar el canto del mundo.
Dadle alas, pues, a vuestras fantasías y vuestra alma se hará tan grande que
podrá tocar el infinito.
SIETE
Pero si vuestros ojos buscan más allá de los límites del
horizonte, junto a la última piedra del universo, podréis ver al hombre desnudo
que habita en este cuerpo, empíreo fulgor del que jamás beberé. Sobre el regazo
cálido de estas noches, entre sueños, descansa mi soledad para convertirse,
fecundada por esa luz, en el silencio transparente del poeta.
EL PUEBLO NO GRITA
El viento quiere el grito de los pueblos,
ama los ojos rotos como ríos
y las manos vencidas
atadas a la tierra como fieras.
Pero el pueblo no grita, solo gime
su dolor y su miedo con el rostro
perdido entre las manos
y los ojos tapados por no ver.
Por no ver la miseria que golpea
la carne de sus hijos,
esos niños hambrientos y sin lágrimas
que juegan a ser hombres
y mueren como niños. Mas no grita,
el pueblo nunca grita.
poema seis
LOS VIENTOS DEL PUEBLO
I* si aguzas bien tus oídos podrás oír el rumor que llevan
los vientos del pueblo
II* si aguzas bien tus oídos cuando el viento pasa por
entre tus huesos podrás oír el grito interminable de todos los hombres y de
todos los tiempos
III* si aguzas bien tus oídos podrás percibir el cansancio
de los pies del obrero la fatiga de sus manos o el dolor de sus huesos y es que
la carga es excesivamente pesada la lucha por la vida destruye la vida del
hombre
IV* si aguzas bien tus oídos
podrás percibir el lamento más profundo el gemido sin aliento de los
desheredados de los nadie de los que son ninguneados de aquellos que van de la vida a la muerte, de la nada a la
nada y notarás su angustia su abandono al sentirse como herramientas que
han de producir beneficios al sistema sabrás de esos hombres y mujeres de esos
ningunos que sólo tienen nombre y rostro para los suyos.
V* si aguzas bien
tus oídos podrás oír el grito de impotencia y rabia reprimido por el miedo de
todos los hombres-pueblo que son aplastados por el hombre-poder
VI* si aguzas bien tus oídos podrás oír en los vientos del
pueblo el grito desesperado del hombre-herramienta oprimido por el yugo
aplastado por el peso de las élites
notarás flotando en los vientos del pueblo el desamparo de los hombres que son
humillados degradados y arrojados a los calabozos del miedo y del silencio y
el sabor de las lágrimas de todas las madres se te pegará a los labios
VII* si aguzas bien tus oídos podrás oír el grito que
llevan los vientos del pueblo
poema siete
YO SÓLO QUIERO EL GRITO
Yo soy el extraño que mira las frías salas del pasado, pero
el pasado no es más que el tiempo robado a la vida, la memoria impertinente de
nuestras huellas.
El corazón se alimenta del olor y el rumor de lo ya vivido,
en cambio las manos y los ojos se dedican tan sólo a vivir.
El pasado es el corazón; las manos y los ojos son el
presente.
Estos son mis ojos y estas son mis manos, con este par de
ojos y este par de manos hoy salgo al mundo a buscar mi grito.
Yo soy el extraño que mira sus manos y grita el dolor que
las entristece, la rabia que las crispa y el miedo que las retiene en los
campos de la servidumbre
Yo no quiero el grito antiguo de los pueblos, tampoco
quiero el grito voraz del odio.
Yo sólo quiero el grito de mis manos, de estas sumisas
manos, sin alas, atadas a su miseria y su dolor,
sólo quiero el grito de estas manos calladas, abnegadas. Sólo quiero que estas
manos aprendan a gritar.
Yo sólo quiero el grito de mis ojos sin luz, de estos ojos
cegados por esos espejos absurdos que los hechiceros sostienen entre sus manos.
Yo sólo quiero el grito de estos ojos sometidos, vencidos,
prisioneros del poder de los mercaderes de sueños. De estos ojos confundidos
por la luz amable con que los magos adulteran la realidad.
Yo sólo quiero el grito para mis ojos, reniego de mi
corazón atado al pasado. Erguido sobre esta piedra, en nuevo ritual, alzo mis
manos y abro mis ojos en ofrenda al grito.
Yo sólo quiero daros la voz del poeta de las tormentas, el
grito de ese hombre extraño que su rostro buscó en el espejo turbio del mundo y
que al final de cada una de sus noches sólo encontró vidrios rotos donde hubo
sueños
Yo soy el extraño viajero que cruza los páramos del
silencio en busca de un grito para mis labios.
Se me han roto los ojos con el grito de los pueblos que
gritan hacia dentro para no levantar sospecha, porque gritar hacia fuera puede
despertar a la fiera
A veces viene el viento y nos araña el corazón o nos azota
los ojos con la brutal realidad, entonces sentimos vergüenza de llamarnos
hombre, y poniéndonos de pie cerramos nuestro puños y gritamos dispuestos a
golpear los pilares del poder hasta derribarlos.
Yo soy el extraño viajero que vaga por los arrabales del
mundo buscando su grito.
Soldado atroz
de la locura
¡Ah! soldado el
verso, soldado atroz de la locura
flor a una flor
enredada,
flor caníbal de la
espada
dibujando en el
desierto la nada.
Leopoldo
María Panero
ODA AL GRITO
Para Antonio Manrrubia,
por
ser grito y poesía.
Gritar es vano
si el grito no enfurece nuestra mano.
El grito es el azote
que cruza el viento,
el puño de los labios
del sufrimiento.
He aquí al hombre,
ritual de la palabra
que le da nombre.
He aquí la boca
fuente oscura que mana y se desboca.
Herida flor del mundo
que crece entre la roca.
Este verso que tiembla en la mirada,
brota de lo profundo
como una luz sagrada
que convierte palabras en espadas.
Gritar es vano
empeño de la boca
si la mirada no se vuelve puño
atroz que azota,
con la furia del rayo,
la piedra de los muros.
Grito y luz a los vientos
esta vieja palabra,
pie quebrado del
verso
que desde el poema nos ladra.
ODA AL HOMBRE DERROTADO
Estos ojos extraños
y estas ropas cansadas
de esos hombres sin sueños
que cargan con su nada.
Los pasos sin destino
sin rumor de pisada
y al filo de la tarde
perdida la mirada.
Esta carne es el hombre
de la vida robada,
grito atroz del desastre
y sangre derrotada.
Estas viejas heridas;
versos de la balada
de unas manos desnudas
y una boca cerrada.
ODA AL INDIGENTE
Para
Juan Ulecia, por ser pueblo
Aún más silencio que sombra,
más sombra casi que hombre,
casi nada.
Criatura que ni se nombra
pues ya ni le queda nombre
ni morada.
Cruza furtivo las calles
con el alma desgastada
el mendigo,
el mísero trotacalles
que bajo noche asolada
busca abrigo.
Con más soledad que llanto,
carne herida del castigo,
en la esquina
sombría y cruel del espanto
tan sólo es parte y testigo
de la ruina.
Del ayer cenizas lleva
sobre su piel clandestina,
flor marchita
del recuerdo, oscura cueva
y atroz dolor de una espina
infinita.
A rastras lleva la vida
por esta ciudad maldita
y hambrienta.
Brutal verso sin medida
que tras la brumas se agita
cual tormenta.
Sombra que señala el dedo
gris de la dama opulenta,
va sin nombre
con más silencio que miedo
bajo la noche sedienta;
casi hombre.
ODA AL NIÑO GUERRERO
Roto el labio de la rosa.
Grito del verso en la prosa.
Rota la mirada hermosa.
Ojos de luz amargosa.
Roto el labio de la rosa
por el viento atroz del mundo,
por el mundo atroz del hambre.
Roto el niño en el absurdo.
Grito del verso en la prosa
que se pierde por los labios
de un niño desnudo y roto
en las fauces del espanto.
Rota la mirada hermosa
de un alba torva y sin sueño.
Roto el poema en la nada
atroz de un niño guerrero.
Ojos de luz amargosa
perdidos entre la niebla
de un mundo roto en las manos
del niño atroz de la guerra.
Flor de los ojos sin fruto.
Mirada oscura del llanto.
Frío del miedo en el verso.
Rosa de los labios muerta.
ODA AL POETA
Quiso borrar de su boca
el último poema escrito,
quiso abandonar el grito
que siempre se le desboca.
Titán atado a la roca
del silencio atroz y el llanto.
En el rostro del espanto
pudo ver su sombra y al mundo
-flor del odio- moribundo,
y quiso dejar el canto.
Quiso borrar la palabra
de su gritar iracundo,
quiso ser el vagamundo
y el verbo que la voz labra.
No queda llave que abra
nuevas puertas a las musas.
Entre las brumas reclusas
una rosa y la paloma
en sueño blanco y en aroma
de libertades confusas.
Quiso borrar de su mano
la luz que su mano toma,
quiso volverse carcoma
y quiso ser el gusano
devorador del arcano
libro de todos los mitos.
Renegó de viejos ritos.
Mas buscando en su reverso
el ritmo halló y halló el verso
del último poema escrito.
ODA AL SOLDADO CONOCIDO
A Antonio Miguel Morales
por
su incondicional apoyo.
Sus ojos aferrados a la vida.
Aún
temblaban sus labios. En sus manos,
tristes
como palomas, una herida
de
cuchillos y muerte entre hermanos.
Por
las sendas del mundo pasa un viento
tan
voraz como el hombre que no llora,
un
vendaval de sombras, un violento
ser
de palabra pérfida y traidora.
La
flor del odio crece entre los huesos
a
orillas de la sangre derramada,
crece
y devora al aire con su espeso
olor
a charca y a carne derrotada.
Los
campos de batalla están gritando
el
nombre de los cuerpos. Asustada
como
un niño, la luna huye llorando.
El
mundo tiembla al filo de la espada.
El
hombre, animal siempre fugitivo,
es
la fiera acosada por el hombre.
El
nombre de su rostro agresivo
está
en la ira oscura; flor sin nombre.
Destrozados
sus ojos, en sus manos
temblaba
una paloma triste y herida.
En
sus labios el odio entre hermanos
trocaba
en muerte lo que fuera vida.
ODA A LEOPOLDO MARÍA PANERO
Que grotescas las hojas, que grotescos los ojos.
El grito de tus manos se desangra en la noche
como el pájaro triste de un sueño que se rompe.
Como un pájaro triste, como un pájaro torpe.
Que grotescas las alas manchadas por el lodo.
Que cruel la voz del verso, que cruel la voz del loco.
Poema que se adentra por las venas cual topo
rugiendo, devorando, infectando la mente
de un hombre putrefacto. Que grotescos los ojos
perdidos en la nada como luz que se muere.
Que grotesco este loco en su grotesca noche
de camisa forzada, hundido entre barrotes,
derrotado y sin manos. Que grotesco en su noche.
Palabra para el verso hasta que el verso brote,
flor del espanto que las murallas destroce.
Pero tú te desnudas, como todos los hombres,
arrojando tus carnes y tus alas al lodo
del mundo. Te desnudas, como todos los locos,
escupiendo palabras, arrancando tus ojos
y rompiendo tu nombre para que no te nombren.
Para que no te nombren te desnudas Leopoldo
y le muestras al mundo tus huesos y tu rostro.
Hoy, grotesca criatura, del hombre te desnudas
arrojando palabras y versos tenebrosos.
¡Ah! El verso,
soldado atroz de la locura.
FINAL
Estoy aquí entre los
hombres
que sueñan con
destruir el mundo
Leopoldo María
Panero
SOY UN VIEJO BAÚL
Yo soy el hombre
que admite haber soñado
y va gritando
por las sendas del mundo
su palabra y su verso.
Soy el ave que pasa,
perdido canto,
oda atroz de la ruina
rota en los labios.
Soy un viejo baúl
cargado de palabras
y desnudo de sueños.
Soy el hombre que grita,
el aprendiz de poeta.
Yo soy el hombre que camina y gasta sus
pies por los caminos del mundo. Soy el caminante que vaga entre los hombres, el
hombre que juega a ser poeta.
Mis manos, tristes palomas que no saben
volar, golpean con furia los muros de niebla que me aprisionan y abren pequeños
agujeros, por los que se filtran unos leves rayos de luz que vienen del mundo,
que vienen de la vida. Estas manos mías, tan torpes como palomas que jamás
volaron, comienzan a moldear sombras y a atar con un mágico hilo los sueños a
los versos. Pero yo no soy el poeta yo sólo soy el Aprendiz de Poeta, el
caminante, el hombre que está pegado al suelo.
Mas podéis tener por cierto que estas
manos mías, tan torpes como palomas sin alas, seguirán moldeando sombras y
arrojando al viento mi palabra.
Panero dixit:
¡Qué siniestro es el oficio de escritor!
Buscador de los piojos de la
luz.
Leopoldo
María Panero.
Este libro se terminó de imprimir
el día 5-3-2019
quinto aniversario de la muerte de
Leopoldo María Panero

