domingo, 6 de junio de 2021

BAÚL

 

miguel       fernández     rivero

 

 BAÚL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ed. El Pájaro Azul

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EDICIONES

El Pájaro Azul

 

Edita: Miguel Fernández Rivero

Correo Electrónico:

mfernanrive@hotmail.com

 

Foto portada y contraportada:

Miguel Fernández Rivero

 

Foto solapa:

Francisco Guardado

 

Colabora: Asociación Poética Cultural “Sin Fronteras”

 

Imprime: GafiDos

 

ISBN: 978-84-09-15242-1

Depósito Legal: SE 1870-2019

 

 

 

 

  

Este libro va dedicado a todos aquellos versos, poemas y sueños

que yacen en el fondo de un cajón

o dormitan en el interior del baúl del olvido.

 

PROEMIO

 

Oigo una voz muy antigua que me invade y que, acariciando mis ojos y mis labios, me cuenta todas las leyendas de los hombres y todos los secretos que los hechiceros vierten en los conjuros con los que nos enamoran o nos destruyen. 

Oigo una voz que va por el viento, una voz antigua, una voz extraña que me trae la palabra de los viejos poetas, aquellos que copularon con las musas en las laderas del Olimpo. Aquellos poetas de cuyas carnes comemos como alimañas para alimentar nuestra hambre de inmortalidad. Aquellos poetas, por siempre adorados, dioses tiranos a los que es regla y ley rendir culto. Aquellos poetas a los que amamos con incondicional entrega y a la vez odiamos con todas las fuerzas de nuestra envidia. Aquellos poetas bajo cuya sombra soñamos con la palabra y con el verso brotando de nuestra mirada y de nuestros labios. Aquellos poetas a los que imitamos desde siglos repitiendo sus estrofas, sus ritmos y rimas, poetas a los que robamos hasta la idea. Aquellos poetas amados, adorados, ultrajados; aquellos poetas, aquellos que son los dioses de nuestro fracaso.

Oigo una voz que va por los corredores de la memoria buscando puertas, buscando ventanas por las que salir para mezclarse con mi palabra y con mi verso, una voz antigua, esa voz de los viejos poetas que no me dejan gritar mis versos al viento con la melodía y el estruendo de mi propia voz.

Yo, Aprendiz de Poeta, hombre atado a esta locura, hija del amor y del odio, como en sus versos alguna vez Panero dijo, /...con mis manos acaricio la flor marchita del verso/ De hacer versos como el ritual del neurótico obsesivo/ Sobre una página donde dice “Ah” y “Oh”/ Como si la vida fuera sólo cesura y rima consonante/.

Por ello os digo, amados viejos poetas y odiados poetas viejos, esos de la voz antigua de mis versos, que yo voy a seguir escarbando entre vuestros huesos,  profanando vuestra palabra e imitando vuestros versos en un incesante plagio hasta que mis versos saquen a la luz a esta criatura extraña que llevo dentro.

Yo soy el Aprendiz de Poeta, el fingidor que juega con vuestros sueños y os arroja a los ojos la nada de su palabra. 

 

 

no queda ya nada si no este atroz siete

cifra de la locura y de la muerte

 

Leopoldo María Panero

 

 

 

 

 

 

            Sublimación del 7

 

CLAVE_

 

                                                                                              7 PARTES

BAÚL =   -------------------------------- =   574 VERSOS

                                                                                82 VECES  7 VERSOS

 

                                                                                                                                     

---------- + ----------21 + ----------133 + ----------28 + ----------378 + ----------14 ---------- = 574

                     Proemio        3x7              19x7                 4x7              54x7                 2x7         Epílogo

 



PRINCIPIO

 

 


 

¡oh! esta luz sin piedad a quien los hombres

llamaron poesía, y es sólo memoria

 

                            Leopoldo María Panero

 


 

TAN SÓLO SOY EL HOMBRE

 

 

Tan sólo soy el hombre

y voy gritando

por las sendas del mundo

mi palabra y mi verso.

Sí, mi verso, estos versos,

desgarrada palabra entre mis labios.

 

Tan sólo soy el hombre

que va gritando su palabra al viento.

El caminante sin retorno,

el nocturno viajero.

Soy el hombre que grita

y va soñando,

ave que pasa,

perdido canto.

 

Por las sendas del mundo voy gritando

estos versos sin ritmo.

Mi palabra vencida

entre los manos,

se vuelve oda atroz del espanto.

 

Tan sólo soy el hombre, el caminante

y voy soñando...

  

 

Libro   Primero

 

 

La   palabra   y   el   verso

 

 

                                                                         Palabras sin dolor, pies del verso

lleno de mal aliento,

 

                                      Leopoldo María Panero

 

I

 

Hoy, desde mi atalaya,

al filo de una lágrima

os dejo mi palabra.

 

                           


II

 

 

En noches como ésta

admito haber soñado

con la palabra y el verso

desgarrando mis labios.                              

 

 

III                                                             

 

 

¡Oh! Destello del silencio

que recorre tu madera,

palabra desnuda y verso

habitando tu madera.

 

Sigue el árbol dando fruto

voz del tiempo en tu madera,

y grito de un hombre absurdo

horadando tu madera.

 

¡Oh! Centenario baúl

tabla y rima tu madera,

sílabas, poemas sin luz

ocultos en tu madera.

 

Tu madera con mi grito

oda atroz de tu madera,

palabra y silencio, ritmo

que recorre tu madera.

 

Árbol; tu vieja madera.

Viejo baúl; tu madera.

Hombre; tu vieja madera.

Viejo poeta; tu madera.

 

   

 

IV

 

 

Al filo del alba

desnudé mi alma

 

Colgué los recuerdos

al filo del alba,

al filo del viento

desnudé mi alma

 

Colgué los recuerdos

al filo del viento.

                      


 

V

 

 

Ya no tengo sus manos

para buscar los sueños,

y sus ojos risueños

me quedaron lejanos.

 

He perdido la rosa

de su rostro sereno,

los días del gozo pleno

y la flor candorosa.

 

Hoy me faltan sus risas

y su clara mirada.

De la niñez dorada

sólo quedan cenizas.

 

El tiempo va robando-

me esa tierna criatura.

En esta noche oscura

su muerte estoy llorando.

 

Aquel niño he perdido

tras el rostro del hombre,

no recuerdo mi nombre,

la vida me ha vencido.

 

Al final del sendero,

que me lleva de paso,

he de hallar el ocaso

y al niño verdadero.                                   

 

                

VI

 

 

Al soñar vi mis manos

atrapando los sueños,

admito haber soñado.

 

 

 

VII

 

 

Apenas perceptibles y sin prisas

estos días de otoño, dulcemente

van cubriendo mi cuerpo de cenizas.

 

Cenizas de los sueños en mi frente.

El hombre que soy tiene un niño preso

Tras de los muros grises del presente,

 

un niño de luz, bello como un beso

que ni mancha ni turba. Niño mío

buscar quiero caminos de regreso,

 

regreso a ti, por el oscuro río

que se lleva los sueños. Moribundo

busco tu fuego y tan sólo hallo frío.

 

Perdido pasa el hombre, vagamundo

sin sombra que recorre los caminos

que cruzan por su vida y por el mundo,

 

en busca de su rostro. Lo divino

nos atrapa en la carne, carne inerte

que se entrega sumisa a su destino.

 

Destino de la vida que es la muerte.

La muerte busca al hombre por la vida,

Cual presa abandonada a su suerte.

 

A mi carne le duelen estas heridas

que no sangran y el frío de estos años

sin sueños; a mi carne desvalida.

 

Desvalida criatura del rebaño.

Al hombre que soy busco en los espejos

y sólo encuentro el rostro de un extraño.

 

Mas el hombre tan sólo es un reflejo

que se pierde en el tiempo. Voy sin prisas

de mi muerte a mi vida, como un viejo

sueño olvidado bajo mis cenizas.                                   

 

 

 

VIII

 

 

Hay tardes que se alojan en el alma

como si fuesen pájaros heridos

que ya no pueden volar.

 

Hay tardes que se alargan por la vida

igual que un sueño.        

 


IX

 

 

Sinuosos signos se agitan

en las brumas de paisajes

desolados.

Las viejas ciudades gritan

por desvelar sus mensajes

olvidados.

 

La luna, un frío cuchillo,

va destrozando miradas.

Bajo el hielo

de la noche oculto el brillo

de las siniestras espadas,

tiembla el cielo.

 

Nadie duerme por el mundo.

El hombre abriendo sus ojos,

angustiado

como un perro moribundo,

va buscando en los despojos

su pasado.

 

 

X

 

 

Perdido entre mis sueños

admito haber soñado

con tus labios gritando

mis palabras al viento.                                


XI

 

 

Un árbol sin hojas

esconde el secreto.

 

Al filo del alba

encuentro los versos

de otra noche rota

en los fríos espejos.

 

Cuando el poeta calla

se detiene el tiempo.

 


XII

 

 

Silencio, no hable nadie por el mundo

que los cantores dejen ya sus trovas.

Silencio, que la muerte hoy nos roba,

sin compasión, un hombre por minuto.

 

Silencio, callen todos, nadie grite,

oigan gemir al viento en estas tardes,

viento feroz que busca entre la sangre

de aquellos que murieron sin ser libres.

 

Silencio, no hable nadie por la tierra

busquen todos sus lágrimas y lloren

por el niño que muere sin ser hombre

por el hombre que muere siendo fiera.

 

Silencio, pido un poco de silencio.

Cállense que la tierra está sangrando.

Guarden silencio y busquen en sus manos

la compasión, que un hombre está muriendo.

 


XIII

 

 

Admito haber soñado.

 

Tras la noche más cálida

hoy me duelen los ojos

como duele una herida

bajo la piel oculta.

Hoy me duelen los ojos

de hurgar entre los sueños

cual mendigo que busca,

como sacro alimento,

frágil luz de un poema.

 

Admito haber soñado

y al soñar vi mis manos

luchando con el viento

que me roba estos versos

 

Soy el hombre que llora,

el que vaga sin sueños

y el que pierde sus pasos

por sendas sin retorno.

Soy el hombre que llora

y admite haber soñado

con pájaros heridos

anidando en su alma

 

Hoy me duelen los ojos

como duelen los sueños

sobre la piel desnuda.

Hoy me duelen los ojos

y admito haber soñado.

 


XIV

 

 

¿Qué nos queda

cuando todos nuestros pájaros

se nos pierden

entre las brumas del tiempo?

 




Intermedio

 

 

La carne destruida del verso

 

 

 

La batalla perdida para siempre

la batalla del pensamiento

la batalla de la rosa demacrada

la batalla impura del verso

 

                      Leopoldo María Panero

 


 

poema uno

 

EL PÁJARO AZUL

Sobre un cuento de Rubén Darío.

 

“Camaradas: habéis de saber que tengo un pájaro azul en mi cerebro; por consiguiente...”

 

                           Hoy comienzo a enloquecer.

El aire de París es un poema que se dilata en el tiempo.

 

La noche, toda puertas,                      me envuelve con su luz.

Ya no me quedan espejos

en los que buscar mi rostro.

Ya no me queda ni rostro

que buscar en los espejos.

Salvadas las fronteras,                       por las sendas del viento,

persigo

la voz plena que habrá de descifrar los arcaicos secretos de los mundos.

 

París era unos ojos

abiertos sobre mí,

y parecía mi alma

un tembloroso pájaro,

quimera en revuelo azul

en las íntimas tardes del invierno

entre poetas,

entre escultores,

entre pintores;

bohemios todos,

criaturas del aire,

hijos de la noche.

 

El poeta es un grito que al universo hiere.

 

El café Plombier

  era los ojos tristes de Garcín

y la música alegre de sus versos.

 

La palabra se propagaba por los senderos del humo

como un fuego devastador.

 

     Todo giraba en el olor de ajenjo.

En un rincón del cuartucho,

como gaviotas olvidadas,

mis manos sobre el mármol

miraban el frágil paisaje

donde las musas danzaban

y a veces

exaltadas,

elevadas

por el aroma a hierba

se deshacían en luz.

 

Un trémulo reloj partió en dos la noche.

 

Salí del café,

          París se había desvanecido.

La calle que me llevaba

tomaba forma a cada paso

y después se ocultaba

entre la niebla.

 

            Sobre mi cabeza            el frío puso una gorra.

 

A mis espaldas una presencia; volví mis ojos, miré, no había nadie

 

Estaba siendo seguido por un pájaro azul.

 

 

 

poema dos

 

EL TEATRO

 

* al  cabo   de   los  años   los  espejos   nos   mienten

 

**         a cierta edad

las niñas                   fingen su inocencia 

y los niños

alardean de su  virilidad

 

***       a  cierta  edad el  hombre  aprende a utilizar   sus  palabras para no decir nada desde corta edad la mujer  disimula y lo  dice  todo  con   muy   pocas   palabras 

 

* los  comediantes   bajan  el telón  suben telón  los farsantes

 

** la sociedad es un teatro en el que cada individuo lleva la  máscara   adecuada   a cada   momento

 

***                                a  lo largo  de  la  vida   todos   enmascaramos nuestros defectos

 

 */ en este circo  grotesco los  espejos no nos  mienten  sólo  nos  mienten nuestros ojos

 


 

poema tres

 

EL FRUTO DE TODOS LOS SILENCIOS

 

I

Sobre el regazo cálido de la noche descansa mi soledad de hombre, para convertirse, fecundada por la luz, en el silencio transparente del poeta.

 

II

Yo soy el árbol azotado por el vendaval y estos versos son las hojas que se desprenden de mi alma.

 

III

El fruto del silencio siempre será una ausencia.

 

IV

Toda la luz del universo quedó prisionera en la gota de rocío que sobre la flor temblaba a punto de quebrarse.

 

V

Hoy tengo tristes los labios porque no encuentro unos ojos donde sembrar mi canto.

 

VI

La niebla invade los paisajes del viento cegando los ojos de las mariposas; mas el último pájaro del mundo habrá de ser de luz.

 

VII

Yo soy como el árbol, mis ilusiones son las ramas que quieren tocar el infinito y mis recuerdos las raíces que me atan a la tierra y me dan el sustento para seguir viviendo.

 

VIII

Yo soy el hombre que juega a ser poeta.


IX

El fruto de una ausencia siempre será la soledad.

 

X

En esas largas noches de insomnio una luz extraña hace temblar las hojas del árbol donde habitan las musas y entonces mis manos  de mendigo recogen algunos versos.

 

XI

En la oscuridad de estos días tal vez puedan distinguirse, como pequeñas luciérnagas; mis trabajos de poeta.

 

XII

La vida es un río de sangre que crece día a día.

 

XIII

A veces escucho una voz, tal vez muy antigua, que me dice al oído; tan grande será, algún día, la verdad del  hombre que apenas si cabrá en el ojo de un  pez.

 

XIV

Yo soy el árbol de los frutos que alimenta el alma, entre mis ramas construyen sus efímeros nidos las aves de la noche.

 

XV

El fruto de la soledad siempre será un suspiro.

 

XVI

Caen todas las lluvias de la vida sobre las resecas hojas del otoño y levantan el amargo olor de unos sueños rotos.

 

XVII

La luz es un puñal que asesina a la noche.

 

 

XVIII

No creas que con tus insultos lograrás ofenderme, pues servirán tan sólo para enaltecer mis cualidades.

 

XIX

He pasado por el mundo y el mundo ha aceptado mis huellas.

 

XX

Mis versos son las hojas que el viento esparcirá por las edades del mundo.

 

XXI

El fruto de un suspiro siempre será el silencio.

 

XXII

La carcoma de los días va devorando mi piel.

 

XXIII

Yo no soy el canto, ni mi voz es la palabra. Sólo soy el árbol que entrega sus hojas al viento.

 

XXIV

Jamás pedí una multitud de oídos, sólo busco unos labios en los que sembrar mi canto

 

XXV

Que tus oídos no sean la tumba en la que muera mi canto.

 

XXVI

Con una pluma de agua escritos, en las paredes del viento, dejo todos mis versos.

 

XXVII

Pero yo sólo soy el aprendiz de poeta; el fruto de todos los silencios.


XXVIII

Éste es mi rostro, éstas mis manos, ésta mi voz y mi palabra, quizás no sea mucho pero nada más que eso soy.

 

 

poema cuatro 

 

DE LA NOCHE Y SUS CRIATURAS

 

UNO

La tarde se desliza por el ensangrentado filo del horizonte. Aunque la quietud va acrecentándose por momentos, en el aire se percibe la prisa y todo parece huir hacia lugares inconcretos. La noche cae envolviéndolo todo húmedamente, horriblemente fría, asemejándose a una tumba. De improviso, como siempre, el sueño nos devora con sus dulces fauces de musa desnuda y nos sumerge en el cálido ámbito de nuestro limbo. Suspendida en estado de entrega total, levitamos en el etéreo espacio que existe entre la línea del hombre y la línea del universo.

 

DOS

Las doradas aves alzan su vuelo y pueblan la noche con un rumor de días no vividos. Sus alas de espuma disipan las sombras y vierten un torbellino de imágenes que hacen temblar al espíritu. Con sus picos de seda hieren la fibra de los deseos, haciendo brotar gotas de luz, alimento de mariposas y de invisibles criaturas. Entre las desnudas ramas del árbol construyen sus efímeros nidos, con plumas de lágrimas y suspiros, lecho que acoge al huevo transparente de la imaginación.

 

TRES

Lejos están aquellos lugares sin tiempo a los que algún día accederé. Perdidos en la maraña de cientos de días o en el laberinto oscuro e inmenso de las noches. Lejanos y perdidos, pero no obstante, estas aladas quimeras me aproximan a ellos, me alzan sobre las murallas de la realidad y me dejan caer en los sabios campos del inconsciente. Allí, poseído por esa dulce claridad, dejo este cuerpo en el que habito e intento tocar a ese hombre que jamás seré.

 

CUATRO

Mis ojos, casi entornados, buscan en mi interior las sendas que puedan llevarme a mi nivel último, al íntimo centro del hombre o al celestial espacio donde las musas regalan los ojos del poeta con sus lujuriosos encantos, bailando en torno a él sus ancestrales danzas. Pero esos caminos siempre angostos y difíciles de andar, a veces desaparecen en el aire o me muestran otras rutas inciertas, por las que me pierdo constantemente. Mas yo sé que esa fuerza está ahí, enterrada en lo más profundo de este cuerpo, templo de los deseos, esperando a que las manos de mi alma la tomen y la alcen para poseerme y engendrar en el vientre azul de mi mente, esos inquietos hijos, que algún día bajaran hasta mis labios y se harán luz.

 

CINCO

Desde las turbias colinas del ser donde habitan las fantasías, entre oleadas de sombras y cálidos reflejos, bajan las terribles hurtadoras del sueño. Hambrientas llegan y merodean mi lecho como furtivas alimañas, dispuestas a devorar los últimos despojos de realidad que quedan en mi mente, para apoderarse, tras el festín, de esas parcelas inaccesibles a la razón e invadirlas con su vaporosa e incorpórea forma. Me acechan por todos los rincones de la noche, siempre dispuestas a saltar sobre mí. Mas si en algún momento del asedio, al percibir su presencia, abro mis ojos e intento retenerlas, escapan como el agua entre los misteriosos pliegues de la noche, logrando tan sólo atrapar, por sus flotantes cabelleras, a las más perezosas y confiadas o a las que de algún modo, tal vez, haya conseguido enamorar. Por lo cual las tomo entre mis manos y con ternura las engalano con los mejores vestidos posibles y las dejo pasear por el mundo.

 

SEIS

Mas esas criaturas fluidiformes, embellecidas por las sutiles telas de la palabra, necesitan la dulce caricia de tus ojos para seguir vivas. Necesitan del impulso majestuoso de tu voz, antiguo viento de los mundos, para dilatarse en el tiempo y abonar los fértiles campos de la mente del hombre. Necesitan de la fuerza de tus sueños para hacerse resplandor y derrotar a esas sombras que cubren, amenazantes, las regiones de nuestras vidas. Pero sabed que yo jamás pediré una multitud de oídos, sólo quiero unos labios en los que sembrar la palabra que habrá de forjar el canto del mundo. Dadle alas, pues, a vuestras fantasías y vuestra alma se hará tan grande que podrá tocar el infinito.

 

SIETE

Pero si vuestros ojos buscan más allá de los límites del horizonte, junto a la última piedra del universo, podréis ver al hombre desnudo que habita en este cuerpo, empíreo fulgor del que jamás beberé. Sobre el regazo cálido de estas noches, entre sueños, descansa mi soledad para convertirse, fecundada por esa luz, en el silencio transparente del poeta.

 

 

                         poema cinco

 

EL PUEBLO NO GRITA

 

El viento quiere el grito de los pueblos,

ama los ojos rotos como ríos

y las manos vencidas 

atadas a la tierra como fieras.

 

Pero el pueblo no grita, solo gime

su dolor y su miedo con el rostro

perdido entre las manos

y los ojos tapados por no ver.

 

Por no ver la miseria que golpea

la carne de sus hijos,

esos niños hambrientos y sin lágrimas

 

que juegan a ser hombres

y mueren como niños. Mas no grita,

el pueblo nunca grita.

 

 

 

poema seis

 

LOS VIENTOS DEL PUEBLO

 

I* si aguzas bien tus oídos podrás oír el rumor que llevan los vientos del pueblo

 

II* si aguzas bien tus oídos cuando el viento pasa por entre tus huesos podrás oír el grito interminable de todos los hombres y de todos los tiempos

 

III* si aguzas bien tus oídos podrás percibir el cansancio de los pies del obrero la fatiga de sus manos o el dolor de sus huesos y es que la carga es excesivamente pesada la lucha por la vida destruye la vida del hombre

 

IV* si aguzas bien tus oídos podrás percibir el lamento más profundo el gemido sin aliento de los desheredados de los nadie de los que son ninguneados de aquellos que van de la vida a la muerte, de la nada a la nada y notarás su angustia su abandono al sentirse como herramientas que han de producir beneficios al sistema sabrás de esos hombres y mujeres de esos ningunos que sólo tienen nombre y rostro para los suyos.

 

 V* si aguzas bien tus oídos podrás oír el grito de impotencia y rabia reprimido por el miedo de todos los hombres-pueblo que son aplastados por el hombre-poder

 

VI* si aguzas bien tus oídos podrás oír en los vientos del pueblo el grito desesperado del hombre-herramienta oprimido por el yugo aplastado por el peso de las élites notarás flotando en los vientos del pueblo el desamparo de los hombres que son humillados degradados y arroja­dos a los calabozos del miedo y del silencio y el sabor de las lágrimas de todas las madres se te pegará a los labios

 

VII* si aguzas bien tus oídos podrás oír el grito que llevan los vientos del pueblo

 

 

poema siete

 

YO SÓLO QUIERO EL GRITO 

 

Yo soy el extraño que mira las frías salas del pasado, pero el pasado no es más que el tiempo robado a la vida, la memoria impertinente de nuestras huellas.

 

El corazón se alimenta del olor y el rumor de lo ya vivido, en cambio las manos y los ojos se dedican tan sólo a vivir.

El pasado es el corazón; las manos y los ojos son el presente.

 

Estos son mis ojos y estas son mis manos, con este par de ojos y este par de manos hoy salgo al mundo a buscar mi grito.

 

Yo soy el extraño que mira sus manos y grita el dolor que las entristece, la rabia que las crispa y el miedo que las retiene en los campos de la servidumbre

 

Yo no quiero el grito antiguo de los pueblos, tampoco quiero el grito voraz del odio.

 

Yo sólo quiero el grito de mis manos, de estas sumisas manos, sin alas, atadas a su miseria y su dolor, sólo quiero el grito de estas manos calladas, abnegadas. Sólo quiero que estas manos aprendan a gritar.

 

Yo sólo quiero el grito de mis ojos sin luz, de estos ojos cegados por esos espejos absurdos que los hechiceros sostienen entre sus manos.

 

Yo sólo quiero el grito de estos ojos sometidos, vencidos, prisioneros del poder de los mercaderes de sueños. De estos ojos confundidos por la luz amable con que los magos adulteran la realidad.

 

Yo sólo quiero el grito para mis ojos, reniego de mi corazón atado al pasado. Erguido sobre esta piedra, en nuevo ritual, alzo mis manos y abro mis ojos en ofrenda al grito.

 

Yo sólo quiero daros la voz del poeta de las tormentas, el grito de ese hombre extraño que su rostro buscó en el espejo turbio del mundo y que al final de cada una de sus noches sólo encontró vidrios rotos donde hubo sueños

 

Yo soy el extraño viajero que cruza los páramos del silencio en busca de un grito para mis labios.

 

Se me han roto los ojos con el grito de los pueblos que gritan hacia dentro para no levantar sospecha, porque gritar hacia fuera puede despertar a la fiera

 

A veces viene el viento y nos araña el corazón o nos azota los ojos con la brutal realidad, entonces sentimos vergüenza de llamarnos hombre, y poniéndonos de pie cerramos nuestro puños y gritamos dispuestos a golpear los pilares del poder hasta derribarlos.

 

Yo soy el extraño viajero que vaga por los arrabales del mundo buscando su grito.

 

                                                     Libro   Segundo

 

 

Soldado  atroz   de   la   locura

 

 

¡Ah! soldado el verso, soldado atroz de la locura

flor a una flor enredada,

flor caníbal de la espada

dibujando en el desierto la nada.

 

                                     Leopoldo María Panero

 

 

ODA AL GRITO                                                                     

           Para Antonio Manrrubia,

por ser grito y poesía.

 

Gritar es vano

si el grito no enfurece nuestra mano.

El grito es el azote

que cruza el viento,

el puño de los labios

del sufrimiento.

He aquí al hombre,

ritual de la palabra 

que le da nombre.

He aquí la boca

fuente oscura que mana y se desboca.

Herida flor del mundo

que crece entre la roca.

Este verso que tiembla en la mirada,

brota de lo profundo

como una luz sagrada

que convierte palabras en espadas.

Gritar es vano

empeño de la boca

si la mirada no se vuelve puño

atroz que azota,

con la furia del rayo,

la piedra de los muros.

Grito y luz a los vientos

esta vieja palabra,

pie quebrado del verso

que desde el poema nos ladra.

 

 

 

 

ODA AL HOMBRE DERROTADO                                          

 

 

Estos ojos extraños

y estas ropas cansadas

de esos hombres sin sueños

que cargan con su nada.

 

Los pasos sin destino

sin rumor de pisada

y al filo de la tarde

perdida la mirada.

 

Esta carne es el hombre

de la vida robada,

grito atroz del desastre

y sangre derrotada.

 

Estas viejas heridas;

versos de la balada

de unas manos desnudas

y una boca cerrada.


 

ODA AL INDIGENTE                                                             

                  Para Juan Ulecia, por ser pueblo

 

Aún más silencio que sombra,

más sombra casi que hombre,

casi nada.

Criatura que ni se nombra

pues ya ni le queda nombre

ni morada.

Cruza furtivo las calles

con el alma desgastada

el mendigo,

el mísero trotacalles

que bajo noche asolada

busca abrigo.

Con más soledad que llanto,

carne herida del castigo,

en la esquina

sombría y cruel del espanto

tan sólo es parte y testigo

de la ruina.

Del ayer cenizas lleva

sobre su piel clandestina,

flor marchita

del recuerdo, oscura cueva

y atroz dolor de una espina

infinita.

A rastras lleva la vida

por esta ciudad maldita

y hambrienta.

Brutal verso sin medida

que tras la brumas se agita

cual tormenta.

Sombra que señala el dedo

gris de la dama opulenta,

va sin nombre

con más silencio que miedo

bajo la noche sedienta;

casi hombre.


ODA AL NIÑO GUERRERO                                       

 

 

Roto el labio de la rosa.

Grito del verso en la prosa.

Rota la mirada hermosa.

Ojos de luz amargosa.

 

Roto el labio de la rosa

por el viento atroz del mundo,

por el mundo atroz del hambre.

Roto el niño en el absurdo.

 

Grito del verso en la prosa

que se pierde por los labios

de un niño desnudo y roto

en las fauces del espanto.

 

Rota la mirada hermosa

de un alba torva y sin sueño.

Roto el poema en la nada

atroz de un niño guerrero.

 

Ojos de luz amargosa

perdidos entre la niebla

de un mundo roto en las manos

del niño atroz de la guerra.

 

Flor de los ojos sin fruto.

Mirada oscura del llanto.

Frío del miedo en el verso.

Rosa de los labios muerta.

 

 

                                              

ODA AL POETA

        

Quiso borrar de su boca

el último poema escrito,

quiso abandonar el grito

que siempre se le desboca.

Titán atado a la roca

del silencio atroz y el llanto.

En el rostro del espanto

pudo ver su sombra y al mundo

-flor del odio- moribundo,

y quiso dejar el canto.

Quiso borrar la palabra

de su gritar iracundo,

quiso ser el vagamundo

y el verbo que la voz labra.

No queda llave que abra

nuevas puertas a las musas.

Entre las brumas reclusas

una rosa y la paloma

en sueño blanco y en aroma

de libertades confusas.

Quiso borrar de su mano

la luz que su mano toma,

quiso volverse carcoma

y quiso ser el gusano

devorador del arcano

libro de todos los mitos.

Renegó de viejos ritos.

Mas buscando en su reverso

el ritmo halló y halló el verso

del último poema escrito.

                                              

 

 

ODA AL SOLDADO  CONOCIDO                                                    

                                                           A Antonio Miguel Morales

                                                        por su incondicional apoyo.

 

Sus ojos aferrados a la vida.

Aún temblaban sus labios. En sus manos,

tristes como palomas, una herida

de cuchillos y muerte entre hermanos.

 

Por las sendas del mundo pasa un viento

tan voraz como el hombre que no llora,

un vendaval de sombras, un violento

ser de palabra pérfida y traidora.

 

La flor del odio crece entre los huesos

a orillas de la sangre derramada,

crece y devora al aire con su espeso

olor a charca y a carne derrotada.

 

Los campos de batalla están gritando

el nombre de los cuerpos. Asustada

como un niño, la luna huye llorando.

El mundo tiembla al filo de la espada.

 

El hombre, animal siempre fugitivo,

es la fiera acosada por el hombre.

El nombre de su rostro agresivo

está en la ira oscura; flor sin nombre.

 

Destrozados sus ojos, en sus manos

temblaba una paloma triste y herida.

En sus labios el odio entre hermanos

trocaba en muerte lo que fuera vida.

 

                                                         

ODA A LEOPOLDO MARÍA PANERO                                   

 

 

Que grotescas las hojas, que grotescos los ojos.

El grito de tus manos se desangra en la noche

como el pájaro triste de un sueño que se rompe.

Como un pájaro triste, como un pájaro torpe.

Que grotescas las alas manchadas por el lodo.

 

Que cruel la voz del verso, que cruel la voz del loco.

Poema que se adentra por las venas cual topo

rugiendo, devorando, infectando la mente

de un hombre putrefacto. Que grotescos los ojos

perdidos en la nada como luz que se muere.

 

Que grotesco este loco en su grotesca noche

de camisa forzada, hundido entre barrotes,

derrotado y sin manos. Que grotesco en su noche.

Palabra para el verso hasta que el verso brote,

flor del espanto que las murallas destroce.

 

Pero tú te desnudas, como todos los hombres,

arrojando tus carnes y tus alas al lodo

del mundo. Te desnudas, como todos los locos,

escupiendo palabras, arrancando tus ojos

y rompiendo tu nombre para que no te nombren.

 

Para que no te nombren te desnudas Leopoldo

y le muestras al mundo tus huesos y tu rostro.

Hoy, grotesca criatura, del hombre te desnudas

arrojando palabras y versos tenebrosos.

¡Ah! El verso, soldado atroz de la locura.

  


FINAL

 

Estoy aquí entre los hombres

que sueñan con destruir el mundo

 

 Leopoldo María Panero


SOY UN VIEJO BAÚL

 

 

Yo soy el hombre

que admite haber soñado

y va gritando

por las sendas del mundo

su palabra y su verso.

 

Soy el ave que pasa,

perdido canto,

oda atroz de la ruina

rota en los labios.

 

Soy un viejo baúl

cargado de palabras

y desnudo de sueños.

Soy el hombre que grita,

el aprendiz de poeta.

 

 EPÍLOGO

 

 

Yo soy el hombre que camina y gasta sus pies por los caminos del mundo. Soy el caminante que vaga entre los hombres, el hombre que juega a ser poeta.

 

Mis manos, tristes palomas que no saben volar, golpean con furia los muros de niebla que me aprisionan y abren pequeños agujeros, por los que se filtran unos leves rayos de luz que vienen del mundo, que vienen de la vida. Estas manos mías, tan torpes como palomas que jamás volaron, comienzan a moldear sombras y a atar con un mágico hilo los sueños a los versos. Pero yo no soy el poeta yo sólo soy el Aprendiz de Poeta, el caminante, el hombre que está pegado al suelo.

 

Mas podéis tener por cierto que estas manos mías, tan torpes como palomas sin alas, seguirán moldeando sombras y arrojando al viento mi palabra.

 


Panero dixit:

                   ¡Qué siniestro es el oficio de escritor!

                   Buscador de los piojos de la luz.

 

                                               Leopoldo María Panero.






Este libro se terminó de imprimir

el día 5-3-2019

quinto aniversario de la muerte de

Leopoldo María Panero

 

 

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