jueves, 25 de marzo de 2010

LA CARA OCULTA DE LA LUNA

miguel fernández rivero






LA CARA OCULTA DE LA LUNA






La cara oculta de la luna
© Miguel Fernández Rivero

Dibujo de portada y páginas 13, 37
© FRANLU
Retoques en este dibujo:
Miguel Fernández Rivero

Foto página 6 de:
Paulina Lavista

Dibujo contraportada del disco On a island
de David Gilmour, componente de PINK FLOYD

Edita:
Miguel Fernández Rivero
Correo Electrónico:
mfernanrive@hotmail.com

Composición e impresión:

ISBN:
Depósito Legal:




El lunático está en la hierba.
El lunático está en la hierba
recordando juegos,
y guirnaldas de margaritas y risas…

Y si no hay sitio en la colina
y si tu cabeza explota también
con oscuros presagios,
nos veremos en el lado oculto de la luna.

El lunático está en mi cabeza.
El lunático está en mi cabeza…


Roger Waters





PRÓLOGO


Hoy, en un acto de rebeldía, arrojo a vuestros ojos el reflejo que dejaron sobre aquellas sendas las huellas del viajero.
Tomad las huellas del viajero en vuestros ojos y gritadlas, gritadlas al viento con vuestros labios crispados como puños. Gritad las huellas del viajero con vuestras manos sedientas como labios.
Tomad las huellas en vuestras manos y gritadlas al viento como versos robados al viajero.
Tomad esos versos y lanzadlos como piedras encendidas contra los muros de sombras que nos aprisionan en el silencio.
El viajero errante cruzó una noche por mi cerebro y desde entonces estoy buscando sus huellas por los páramos del insomnio.
Pero estos versos no son las huellas del viajero. Estos versos son el rumor grotesco de la danza del lunático. Estos versos son el eco de las huellas que el aprendiz de brujo dejó sobre la piel desnuda de mis quimeras. Estos versos son los vestigios con los que el FLUIDO ROSA impregno mis momentos más lunáticos.
Tomad en vuestros ojos el reflejo que dejaron sobre la carne trémula de mis noches las huellas del lunático.
El lunático danza sobre la hierba y se ríe, y grita, y escupe al mundo. Ese mundo que baila embriagado por la dulce melodía de los mercaderes de sueños. De ese mundo sumiso que no grita, ni se ríe, ni danza a la luz de la luna.
El mundo tiene miedo a la cara oculta de la luna, el mundo tiene miedo a la locura. El hombre teme a la cara oculta de la luna. El hombre se siente seguro a la luz de la cara visible de la luna. Pero el hombre no sabe que la luna es una consumada fingidora, una bruja que nos miente y nos hechiza con su hermoso rostro de diosa. El hombre no sabe que la belleza de esa cara que la luna nos muestra es falsa, es una belleza prestada por la luz del astro.
La cara visible de la luna nos ata a la servidumbre de la cordura, una cordura fabricada a imagen y semejanza de los intereses de los Señores.
En el lado oculto de la luna no existen las ataduras, no existen los mitos, ni los Dioses forjados a peso de culpas y temores.
En la cara oculta de la luna sólo existe el hombre en estado puro y animal, el hombre libre de tabúes, de reglas, creencias; el hombre libre de miedos.
El hombre escupe al mundo y le grita, y se ríe de él danzando sobre la hierba, descalzo y desnudo como el lunático que habita la cara oculta de la luna.
El lunático cruzó una noche por mi cerebro y desde entonces estoy buscando sus huellas, desde entonces estoy rompiendo mis versos contra los ojos que no gritan. Este es mi grito y este es mi golpe contra los muros del silencio. Mis labios, crispados como puños, quieren destrozar las tablas que rigen la belleza; mas mis ojos, sedientos como labios, solo quieren la belleza. He aquí la ira de mis ojos, el grito de mis labios, el azote de mis manos.







CANTO INICIAL



LA CARA OCULTA DE LA LUNA



Te veré en la cara
oculta de la luna,
en la sombra sagrada
de la eterna locura.

Allí tras las montañas
beberé de tu sangre.

Te veré en la estela
del viajero errante,
sentado en las estrellas
gritando tus mensajes.

Te veré en la absurda
prisión de mi cabeza.






CARA

A




CANTO PRIMERO


{a} HABLAME



1 Cómo recoger mis sombras
en la luz de tu mirada.

2 Tu mirada,
tu lunática
mirada de brujo.
¡Dime¡
Cómo atrapar tu mirada
en las redes de mis sueños.
¡Háblame¡ ¡Háblame!
cuéntame
el secreto de los astros,
desvélame los misterios
del universo.
Viajero,
eterno viajero, dime
cómo atrapar los sueños.

3 ¡Dime¡
háblame del mundo.
Así, casi sin palabras,
en voz baja,
lentamente,
como rozando el silencio,
háblame del hombre.
¡Dime¡
Cómo recoger sus huellas
sin profanar los caminos.





{b} RESPIRAR



1 El viento cruza las llanuras del miedo.

2 Todo se detiene.
Se escuchan los pasos,
el caminar del hombre.
El fatigado
vagabundear
del hombre por los caminos,
sin aliento,
sin aire que respirar.

3 Se escucha el crujir de los sueños del hombre.
El cansancio de los días
adherido
a sus huesos,
el agobio de la vida;
esa vida que le lleva a la muerte.

4 Todo se detiene
cuando el hombre grita.

5 Por las llanuras del miedo
cruza un viento
que arrastra el dolor de los pueblos.
La vida
es un siniestro río.
Un río de sangre
que día a día crece.
La vida, la muerte.
La lucha por la vida
se torna muerte.

6 El cansancio de los huesos,
la fatiga
de la carne
invadiendo todo el cuerpo.
El cansancio de las manos detenidas
como tristes palomas
que ya no vuelan.

La angustia de los ojos
rotos, vencidos,
de los ojos que ya no desnudan sueños.

7 Los ojos del hombre
que busca la luz.
Los ojos del hombre
que sufre y no grita.

8 Del hombre que se detiene a respirar,
a respirar luz, vida,
y no respira.
La angustia de los ojos
del hombre roto,
del hombre que deja el grito
y detiene
sus pasos.
Del hombre que cierra sus ojos
y detiene sus manos
sin luz, sin aire
que respirar.

Del hombre sin aliento
que busca sus pasos.
Todo se detiene.

9 La vida cruza las llanuras del miedo.






CANTO SEGUNDO




EN CAMINO



1 El viajero conoce
el canto de los vientos,
las palabras ocultas bajo el polvo,
el rumor de los pasos sin regreso.

2 El viajero conoce los caminos
que se pierden entre las brumas,
conoce los misterios
que la luna guarda en su cara
oculta. El viajero sabe
el secreto que callan las estrellas,
conoce el lenguaje
antiguo de los vientos,
el camino que no regresa,
los sueños que le roban
la razón a la mente.


3 Él sabe, él conoce los mundos
del silencio. La luz fría del silencio
el viajero conoce.




CANTO TERCERO



TIEMPO



1 Por los rastrojos del tiempo
vaga la sombra del hombre.

2 Las ciudades, como extraños
navíos que surcan la noche,
abiertas de puertas
y de ventanas que miran
hacia dentro,
sienten miedo de las sombras
y encienden sus luces.

3 Las ciudades
cubiertas de ojos,
llenas de rostros furtivos
y de cuerpos que se esfuman
en las nieblas. Las ciudades
que se arrastran por el mundo
cargadas de hombres
sin tiempo, sin tiempo.
Esas ciudades desnudas
se arropan con su miseria
y ocultan su angustia
tras la luz de falsos sueños.

4 Las ciudades del silencio,
esas que se extienden
por los rastrojos del tiempo
dejando un rastro de casas
pobres y pequeñas,
un rastro de viejos templos
y de lujosos palacios
declarados patrimonio
de la Humanidad.
Esas ciudades sin aire,
sin aire y sin tiempo,
sin tiempo. Esas ciudades
traspasadas por el grito
de sus puertas
y sus ventanas hambrientas.

5 Estas ciudades del miedo
que habitan la piel del hombre,
estas ciudades extrañas
ancladas al lodo
de los siglos,
como viejas naves.

6 Esas ciudades sin luna
que alargan sus noches
por los rastrojos del tiempo.





CANTO CUARTO



RESPIRAR {repetición}



Detener los pasos,
cerrar los ojos
y mirarse las manos.
Detenerse
a respirar luz, vida.
Detenerse,
cerrar los puños
y escuchar los pasos.

Dejar el grito y respirar el aire.

Detener los ojos,
cerrar las manos
y mirar en los pasos.
Respirar,
detener las manos
y respirar.

Alzar los puños,
luchar por la vida.

Respirar y volver de nuevo al grito.





CANTO QUINTO




UN GRAN ESPECTACULO EN EL CIELO



1 Este viento que entra por mis ojos
va construyendo nidos en mi alma,
este viento
construye nidos,
este viento;
el viento.
Este viento, viajero de los tiempos,
incuba sueños.

2 Me detengo al filo de la locura,
desgarro mis ojos y contemplo
un gran espectáculo en el cielo.

3 El hechicero
gritó mi nombre,
gritó
la forma de mi cuerpo
y mi sombra
se aferró a la vida,
gritó huellas
y surgieron los caminos
que devoran mis pasos

4 En aquel claro de luna,
en aquel grito
que disipa a la locura,
en aquel viento que entra por mis ojos
vi
un gran espectáculo en el cielo.






CARA

B





CANTO 5



DINERO



La ciudad es un grito
que devora los sueños,
un vendaval de ojos
que recorre las calles
y fabrica los mitos.

Hechizado, el hombre
se somete al dinero.

Mirad a ese mendigo,
huérfano del progreso,
perdido entre escombros
mientras estas ciudades
adoran a sus mitos.

Hechizado, el hombre
se somete al dinero.

Hay un extraño brillo
que domina el juego,
un brillo poderoso
y un rumor de metales
que alimenta los mitos.

Hechizado, el hombre
se somete al dinero.




CANTO 4





NOSOTROS Y ELLOS



1 ¿Cómo callar el grito de mis manos?

2 Ellos siempre callados
guardando sus secretos
y nosotros siempre gritando,
gritando nuestro agobio.

3 No, ellos no conocen nuestros nombres,
ni siquiera conocen nuestro rostro.
Ellos sólo conocen nuestras manos.

Nosotros sí conocemos sus nombres,
el rumor de sus pasos y sus rostros.
Pero no conocemos sus frías manos.

4 Nosotros y ellos, somos animales
de distinto rebaño,
sólo animales.
Ellos; animales sedientos
de nuestra sangre,
y nosotros; hambrientos animales
gastando nuestras vidas
a cambio del sustento.

5 Negro y blanco, nosotros y ellos.
Blanco sobre negro, luz entre sombras.

6 Mientras la vida duela en mis ojos
el grito de mis manos ¿Quién lo calla?



CANTO 3





ALGÚN COLOR QUE TE GUSTE



1 Estos muros de tu mente
que retienen al recluso,

estos muros que la vida
ante los sueños levanta.

Estas sombras en los muros
que te miran y te acosan.

Estos muros de la mente
en que se quiebran tus alas.

2 Esos extraños espejos
que mienten sin piedad.

Esos espejos que siempre
te miran y siempre fingen.

Y tú entre esos muros
atado a estos espejos

como un reflejo y sin alas
para alcanzar los sueños.

3 Desde este lugar sin nombre
quedan lejos las estrellas

y apenas se ve la luna,
mas tú puedes elegir

algún color que te guste
y dejar que se derriben

todos los templos del hombre.
Todos los muros del tiempo.





CANTO 2



CEREBRO DAÑADO


1 Este viento que entra por mis ojos
destruye los nidos
de la razón.

2 En noches como estas
admito haber soñado
con la palabra y el verso
desgarrando mis labios.

3 Más allá de las sombras
que devoran al hombre,
en el silencio de los días,
adormecida
sobre el regazo cálido
de las musas, germina la palabra
que habrá de forjar
el canto de los mundos.

4 El hechicero entró en mi mente
pronunciando sus conjuros.
Gritando
mi nombre,
penetró en mi cerebro
y dejó su palabra entre mis sueños.
El hechicero robó
las llaves
que custodiaban los templos del hombre.

5 En noches como estas
admito haber soñado
con la palabra y el verso
desgarrando mis labios.


6 En noches como esta te he pensado.



CANTO 1




ECLIPSE



¿Cómo recoger todas las miradas
en una sola palabra?
Dime, tú que conoces los caminos,
tú que disipas las sombras
con la luz de tu voz, tú que me nombras
en el rumor de tus huellas,
¿cómo atrapar los sueños con mis manos?
Dime, eterno viajero,
tú que conoces esta cara oculta
de la luna, tú que sabes
los conjuros que rompen los hechizos,
tú que eclipsas mi mente,
¿cómo recoger todas las palabras
en una sola mirada?



CANTO FINAL




{a} EL APRENDIZ DE BRUJO



1 El grito de mis manos
se apaga entre las sombras.

2 Estas manos extrañas
como aves de la noche
que gritan a la luna
llena. Manos desnudas
que rompen los espejos;
esos que siempre mienten.

3 El grito de las sombras
detenido en mis manos.

4 El aprendiz de brujo
cruzó por mi cerebro
sembrando su semilla
en las absurdas praderas
donde habitan los sueños.
Cruzó por mi cerebro
el aprendiz de brujo
y mis manos gritaron;
te veré en la cara
oculta de la luna,
allí donde no mienten
los espejos del mundo.

5 El grito de mis manos
se rompe contra el alba.

Pero sin luz de luna,

¿cómo atrapar los sueños
sin perderse en las sombras?







{b} PINK FLOYD



1 La nave emprende viaje a las estrellas.

2 El fluido rosa flota en el viento
y cae sobre mi mente
como una dulce lluvia que excita
los sentidos. La luz se torna espesa,
resbala por mi piel
desatando quimeras.

3 La máquina está en movimiento,
escucha su latido.

4 El fluido rosa flota en el viento
como un destello y cae sobre mi mente.
La música resuena
bajo mi piel y fluye por mis poros
levitando mi cuerpo,
desatando quimeras.

5 Nick golpea sus bombos. Por las cuatro
cuerdas vagabundea Roger Waters.
Los teclados devoran
las manos a Richard
y Syd Barret se esfuma por los cósmicos
senderos que le llevan a la cara
oculta de la luna.

6 David sube a la nave psicodélica
y sus manos desnudan las guitarras.

7 Escucha su latido,
la máquina está en movimiento

8 La nave emprende viaje a las estrellas.





La Cara Oculta De La Luna
se terminó de imprimir
el día 23 de Mayo de 2008,
35 años después de
DARK SIDE OF THE MOON

jueves, 18 de marzo de 2010

LA PALABRA QUE NO CESA

miguel fernández rivero









LA PALABRA QUE NO CESA
(84 poemigas y un poema)









EDICIONES
El Pájaro Azul

Apdo. 212
41530-Morón de la Frontera
Sevilla
Correo electrónico: mfernanrive@hotmail.com

( c ) Miguel Fernández Rivero

Diseño/Ilustraciones:
( c ) Miguel Fernández Rivero

Cubierta:
Tabla cuneiforme de la fundación
de Babilonia, siglo XVII a. C.

ISBN: 84-609-9443-0

Depósito Legal: SE-0350-06









Mi
agradecimiento
a Luis Eduardo Aute,
por prestarme su palabra
P O E M I G A,
con la que da nombre a los
pequeños poemas de su
libro-disco
Animal.


GRACIAS
LUIS






En enero del año 1992, sin saber el cómo
ni el porqué, surgió el primer poemiga,
sin sospechar siquiera que así se
llamaría pasado el tiempo. Y
sin saber cómo y de qué
forma estas motas de
polvo, migajas de
poemas, se fueron
pegando a la piel
de mis días,
para
convertirse
en este hatillo
de vagamundo
en el que el errante
guardaba todo aquello
que fue abandonado o entregado
al olvido por inservible o insignificante.
Motas de polvo, migajas de poemas que al aproximarse
el final del camino terminarían
convirtiéndose en su gran tesoro.




POEMIGA:

Poema al que por su pequeñez o brevedad
se le considera una miga.

Migaja o miga que se desprende de un
poema y que al ser rescatada del olvido
toma vida propia.




P R Ó L O G O








A veces bueno es desandar el camino jamás andado y sentir en los ojos el sabor de aquellas huellas que nuestros pies nunca llegaron a dejar sobre el polvo de los caminos.

Yo soy el hombre que juega a ser poeta. Yo no soy el poeta, el poeta es un viajero que a veces cruza por estos campos en los que habito, siembra su luz en mis labios y después se oculta entre mis sombras.
Yo soy el hombre, el caminante, el aprendiz de poeta que busca entre las arenas del tiempo el rastro, casi imperceptible, de las huellas del viajero.
Mas hoy, al desandar el camino, en el rastro que dejaron mis propias huellas, vuelvo a encontrar restos, migajas de poemas esparcidas sobre las arenas de mis días.

Esas migajas de poemas son estos POEMIGAS que hoy, en un acto de rebeldía, arrojo a tus ojos.




POEMIGA




Ahí van estas migas
para hormigas
amigas…

y enemigas.

Y a las meigas
alguna migaja
de más.



L. E. Aute




I la palabra gira en el tiempo






L U N A





U N O




La palabra


gira en el tiempo


como un antiguo rito


que jamás se olvida.




D O S




Nunca busques tu imagen


en los espejos,


búscala


en los labios del hombre.




T R E S




No hay silencio que romper,


(el silencio es sagrado)


sólo hay palabras que decir


para llenarlo.




C U A T R O




Siembra la luz en tu voz,


y tus ojos


contemplarán la verdad.




C I N C O




En el inmenso silencio


de estos días,


germinará la palabra


que habrá de forjar


el canto del mundo




S E I S




Jamás retengas


tu voz entre los labios;


déjala en el viento


y serás libre.




S I E T E




Todo el silencio


del mundo


pasa por mi alma.






I I van desgastando la piel del hombre






M A R T E




U N O




Un día


el universo tuvo un sueño


y lo depositó


sobre la piel del mundo.




D O S




El hombre


es un grito


que hiere al universo.




T R E S




Las estrellas


tiemblan de miedo


si el hombre las mira.




C U A T R O




Los días


golpean sin cesar


las costas del tiempo


y van desgastando


la piel del hombre.




C I N C 0




Se han quebrado


los últimos espejos


que sostenían


la imagen del hombre.




S E I S




Acomodado


en el putrefacto sillón


de la opulencia,


el hombre pierde su tiempo


en devorar, ávidamente,


los días de su vida.




S I E T E




Tras el espejo


el hombre tiembla y gime


como un perro sin amo.




O C H O




Los espejos rotos


esparcen sobre el mundo


las ilusiones del hombre.




N U E V E




Los días se rompen


contra el violento filo


de la tarde.




D I E Z




La vida se nos escapa


por las grietas


del tiempo.




O N C E




Tras los muros de la niebla


se encuentra el mañana,


al que, como siempre,


volveremos a llegar


con retraso.




D O C E




El tiempo


araña sin piedad


mi piel.




T R E C E




Por las grietas del tiempo


se nos pierden los sueños.




C A T O R C E




Hoy


sólo es el ayer


del mañana.






I I I hace años que hurgo entre mis huesos






M E R C U R I O




U N O




Hoy vengo


a escribir mi nombre


sobre las arenas


del tiempo.




D O S




Yo soy el leve rumor


de una luz


que cruza el universo.




T R E S




A este mundo


fui arrojado;


mas


aún no sé si existo.




C U A T R O




Con mi mano izquierda


sostengo el silencio


del mundo,


con mi mano derecha


la soledad del hombre.




C I N C O




A veces


la hambrienta noche


cae sobre mí


y devora mi sombra.




S E I S




El silencio


del mundo me envuelve


y ahoga el eco


de mi voz.




S I E T E




Las manos se me pierden


entre los sueños


que pueblan los rincones


de mi vida.




O C H O




Anoche


me hirieron los sueños


con sus frías navajas.




N U E V E




Perdí tanto por los caminos


que hoy


apenas si logro encontrarme


entre mis ruinas.




D I E Z




La noche,


con su invisible mano,


hurga entre mis huesos


buscando mi alma


para devorarla.




O N C E




Tras de mí


(en el oscuro túnel del ayer)


aún se oyen mis pasos,


como la presencia


de un extraño.




D O C E




Sobre el débil borde


de un suspiro


abandono


la piel de mis sueños.




T R E C E




Hace años que hurgo


entre mis huesos


buscando a ese extraño


que llevo dentro.




C A T O R C E




Los recuerdos


son el gusano enorme


que se alimenta


de nuestras vidas.




Q U I N C E




Me afligen más


las noches por vivir


que todos los días


ya vividos.




D I E C I S É I S




Al filo del ocaso


me siento a descansar


las huellas de mis pasos.




D I E C I S I E T E




La vida se me escapa


por los pliegues del viento


y yo aún me pregunto


si existo.




D I E C I O C H O




A veces


dejo este cuerpo en que habito


e intento tocar al hombre


que jamás seré.




D I E C I N U E V E




El universo


fue creado para mí


esta mañana.




V E I N T E




Sobre mi piel llevo


prendido el aroma


de todos mis días.




V E I N T I U N O




Si algún día he de nacer


quiero hacerlo


como todo animal:


completamente desnudo.






I V sólo tengo un dolor y una herida






J Ú P I T E R




E L P O E M A




NADIE




Yo no soy nadie.

Nadie me busque
ni pregunte mi nombre.
No hacedme representar otra cosa.

No busquéis mi cuerpo
junto a ninguna sombra
ni pidáis un rostro
al que atarme.

Nadie me busque
junto a las viejas
estatuas de los hombres,
ni bajo las banderas
de su vana hegemonía.

Por que yo no soy nadie.

Aquí estoy, en medio de la noche,
hombre desnudo
sin nada en mis manos.
Nada me pertenece
y nada tengo.

Sólo tengo un dolor
y una herida,
esa inmensa herida
por la que brota
la sangre de mis noches.

Nadie me nombre, ni me pida versos.

Sólo puedo daros mi sangre
y estas criaturas
nacidas de esas noches.
El sabor de mis lágrimas
es para mí,
me pertenece,
ese es mi gran tesoro,
la posesión
que al ocaso de mis días
me dará la certeza
de haber vivido.

No me pidáis nada más, pues nada tengo,
ni pronunciéis mi nombre.
Nadie me busque;

yo no soy nadie.






V admito haber soñado






V E N U S




U N O




La tarde


huye por los campos


como un animal


herido.




D O S




Yo soy el hombre,


el caminante,


el aprendiz de poeta


que busca entre


las arenas del tiempo


el tenue rastro


que dejaron las huellas del viajero.




T R E S




Yo soy el árbol

y estos versos mis hojas.

Brisa de otoño.




C U A T R O




En noches como estas


admito haber soñado


con la palabra y el verso


desgarrando mis labios.




C I N C O




Yo soy el árbol sin hojas,


peine del viento. El viejo


árbol sin fruto ni sombra


bajo el que sueña el viajero.




S E I S




Nada he perdido,


mi voz hecha palabra


alza el vuelo.




S I E T E




Admito haber soñado


y al soñar vi mis manos


atrapando mis sueños.




O C H O




A veces


la palabra duele


y el alma


es una paloma herida.




N U E V E




Grite el poeta


y cante el pueblo.


Que la voz del pueblo robe


los versos de los poetas


y como piedras


los arroje al viento.




D I E Z




A veces


escucho una voz,


tal vez muy antigua,


que me dice al oído;


tan grande será,


algún día,


la verdad del hombre


que apenas si cabrá


en el ojo de un pez.




O N C E




El hombre


es el incansable guerrero


que lucha contra el tiempo




D O C E




Hoy me duelen los ojos


de buscarme en los espejos


y encontrar siempre


a este animal hambriento.




T R E C E




La carcoma de los días


va devorando mi piel.




C A T O R C E




El viento duele.


En las noches del mundo


ya nadie duerme.




Q U I N C E




Hijos del barro


al filo de la nada,


rumor del Kosmos.




D I E C I S É I S




Yo sólo soy el aprendiz de poeta,


un pobre diablo


perdido en sus quimeras.




D I E C I S I E T E




Sostén mi grito


en tus labios


por un momento


y después,


haciéndolo tuyo,


lánzalo al viento.




D I E C I O C H O




Yo no soy el canto,


ni mi voz es la palabra.


Sólo soy el árbol


que entrega sus hojas


al viento.




D I E C I N U E V E




Mis versos son las hojas


que el viento esparcirá


por las edades del mundo.




V E I N T E




Buscan mis manos


entre las hojas secas.


Rumor de pasos.




V E I N T I U N O




Más allá de las sombras

que devoran al hombre,

en el silencio de los días,

adormecida

sobre el regazo cálido

de las musas, germina la palabra

que habrá de forjar

el canto de los mundos.






V I estos versos tan parecidos a hojas






S A T U R N O




U N O




La luz hace temblar


a las hojas del árbol


donde habitan las musas.




D O S




Retener la luz en sus manos


y devorar las sombras con sus ojos:


trabajos del poeta.




T R E S




Yo soy el árbol


y estos versos


las hojas que adecentan


mi desnudez.




C U A T R O




Vino el viento a mis oídos


y me dejó


el canto de los mundos.




C I N C O




La poesía es ave de luz


que a veces baja


y toca levemente


la piel del alma.




S E I S




Estos versos,


tan parecidos a hojas,


¿qué viento los llevará?




S I E T E




Por las sendas de los sueños


se dilata el eco


de las huellas de las musas.




O C H O




La poesía


tapa las grietas


del alma.




N U E V E




Con la mano del alba,


húmeda y suave,


el universo


desnudó a la noche.




D I E Z




Sobre el mar reseco del heno


las tardes del estío


crujen


como si fuesen a romperse.




O N C E




Mas el fruto del silencio


serán estos versos,


que la luz del tiempo


volverá hojas al viento.




D O C E




Y estas hojas al viento,


tan parecidas a pájaros,


¿sobre qué labios caerán?




T R E C E




Sobre la última piedra


del universo


(horrible agonía)


dormitan mis mariposas.




C A T O R C E




Cuando el poeta calla


se detiene el tiempo.






V I I el rumor de unos pasos






SOL




U N O




En la desnudez del mundo,


dentro de su espejo,


tiembla el hombre.




D O S




De repente


la vida duele en los ojos


y un grito de ira


se ahoga en la garganta.




T R E S




La verdad


sólo es un fantasma


al que cada cual


viste con sus propias ropas.




C U A T R O




En este teatro del mundo


nadie es tan bueno como parece,


ni tan malvado como dicen.




C I N C O




El hombre


cuando envejece


olvida todas sus máscaras.




S E I S




Al ocaso de nuestros días


sólo nos quedará


el rumor de unos pasos.




S I E T E




Estas hojas de otoño


y estos días furtivos


que escapan de mis manos.






E P Í L O G O




LA POESÍA ES PALABRA

L. Eduardo Aute
Miguel Fernández


La poesía es palabra
que hiere al silencio,
que vela despierta
en el pensamiento.
La poesía es palabra
de un niño sediento
que toma conciencia
de que está viviendo.


La poesía es palabra
que vuela en el tiempo,
que mueve las piedras
y besa los cuerpos.
La poesía es palabra
que se vuelve fuego
que debe alumbrar
los caminos nuevos.







Colección: El Errante
nº 1


Miguel Fernández Rivero:
La palabra que no cesa















Este libro terminóse de imprimir
el día 5146
del comienzo de su gestación.
Días
que fueron escribiendo sus versos
a la par
que fueron consumiendo mi tiempo.

viernes, 5 de febrero de 2010

Profanación de la Palabra

miguel fernández rivero






Profanación de la Palabra

“Escrito en la estela de Julio Vélez”











Edita: Miguel Fernández Rivero
Correo electrónico: mfernanrive@hotmail.com
Morón de la Frontera (Sevilla)

Fotos cubierta y contracubierta:
Miguel Fernández Rivero

ISBN: 978-84-611-8218-3
Depósito Legal: SE-2861-07











Al Viajero
de las Sandalias sin Retorno,
por haber sembrado
los eriales de mi ser
con sus huellas.











PRINCIPIO

¿Qué nos queda
cuando todos nuestros pájaros
se nos pierden
entre las brumas del tiempo?

¿Qué nos queda de los sueños?

De las palabras,
de los versos, ¿qué nos queda
entre los labios
si no regresa el viajero?

Nos queda la palabra
de Julio en el viento.

Nos quedan sus huellas
prendidas a nuestros ojos.
Su grito nos queda
alojado en nuestras manos.

Nosotros conocemos el secreto,
los enigmas ocultos
en las tripas obscenas de los siglos.
Nosotros conocemos la palabra
y el grito de los versos
que se adentran en la noche
como pájaros heridos.

Él nos mostró los caminos.

El viajero cruzó por estas tierras
con su grito acuestas
y nos habló de los pueblos,
nos habló del hombre y sus miedos.

El viajero nos contó la historia de la
piedra
y los misterios del barro,
él nos mostró el esqueleto del agua,


el rostro de las sombras y la voz del
viento.

El viajero pasó por estas tierras
arrastrando el grito de los pueblos.

Pasó por estas tierras el viajero
y nos dejó el verso y la palabra
del último ángel caído
escrito en la estela
de Julio Vélez.











UNO


Escrito en la estela del último ángel caído el jardín se adentra en la noche y la noche, para alimentar su misterio, devora los sueños del hombre, el cual se pierde por los desolados caminos de la realidad.
De nada vale que la luz de un cielo estrellado se instale en la noche para demorar la llegada de las sombras o simplemente para atenuarlas; de nada vale. Los pájaros oscuros, aquellos que roban los sueños y merodean por los jardines buscando la inocencia, se abaten sobre esa luz haciendo de la noche su territorio, el dominio de sus sombras. Mientras el hombre, solo y desnudo, perdido en medio de la noche y desamparado como un perro sin amo, abre sus ojos desmesuradamente, como quien se ahoga al faltarle la luz, y grita su angustia.
La noche pesa terriblemente sobre los hombros del hombre y el hombre se cansa de sostener su propio cuerpo. El vacío de los sueños robados va inundando las salas de su existencia.
Pareciera que todo estuviera perdido, pero aún nos queda la inocencia. Esa inocencia que se oculta más allá de los jardines que se adentran en la noche, en las profundas galerías de nuestro ser, esa inocencia que es capaz de engendrar nuevos sueños que nos den alas para alcanzar la luz.
Pareciera que esa luz nos perteneciera, pero la luz ha huido con el primero de los besos. La noche se ha llenado de pájaros oscuros, porque el ángel ha encerrado la espada de fuego de todos los paraísos.






DOS


He tocado los frutos del árbol prohibido y he bebido de las aguas secretas con las que Penélope fabricaba mariposas.
Estoy hambriento, pero a pesar de ello no he comido los frutos, sólo los he tocado. Los sueños son tan apetecibles, y este hambre me ciega tanto, que no me puedo resistir.
He soñado, lo admito, y después he devorado mis propios sueños, como quien en un acto de canibalismo se come a sus hijos. Los sueños son la flor del árbol prohibido y la palabra su fruto. El árbol prohibido por los sacerdotes del olvido está encerrado en el jardín que se adentra en la noche y su fruto es custodiado por la sombra de antiguos enigmas.
He devorado los sueños, mas no he comido la palabra, fruto de luz que sacia el hambre del hombre. Estoy hambriento, lo admito, pero no he comido los frutos, sólo los he tocado en mis largas noches de insomnio, cuando ni los sueños venían a calmar la insoportable angustia de mi hambre.
He recorrido las rutas del mundo a través de los amarillentos pergaminos, sobre los que las lluvias del tiempo depositaron la memoria de todos los pueblos.
He vagado por las ciudades construidas con los sueños de nuestros antepasados. He caminado sus calles, pero las calles de esas ciudades están bajo el dominio de los mercaderes de la mentira, vendedores de una realidad fabricada con su falsa palabra; realidad-espejismo para el consumo de las masas.
Me he perdido por los arrabales del hombre y he pisado el barro pegajoso y pestilente con el que el progreso mancha nuestra piel.
He tocado las viejas cicatrices y las sangrantes heridas de un hombre desamparado. He visto a los hijos del agobio entregándole sus vidas al monstruo voraz del tiempo, engrasando la maquinaria del progreso con el sudor de sus cuerpos y sus lágrimas sabor a derrota.
En todos esos lugares siempre he estado junto a los muros del jardín, donde está encerrado el árbol de los frutos prohibidos; pero no he conseguido, por más ira que he puesto, derribar sus puertas.
Me he sentido tan pequeño como un hombre sin sombra, y he comenzado a anotar los días de mi muerte en el almanaque de agua con la piedra.






TRES


Los mundos me escribieron un libro sobre el frágil pergamino de mi cuerpo. Un libro en el que he buscado todas las palabras necesarias para curar mi soledad.
Yo no quiero respuestas, yo sólo quiero palabras que me hablen de los mundos en los que día a día va muriendo el hombre. Yo nunca hice preguntas, porque las preguntas sólo buscan respuestas con las que podamos engañarnos para seguir viviendo.
Yo no quiero respuestas, por eso no hago preguntas.
El libro de los mundos me ha dado palabras como espejos, palabras que me muestran la calavera de nuestra historia, el esqueleto de la fe a la que es atado el hombre. Me ha dado palabras como azotes de luz que destrozan las sombras donde se esconden los secretos del tiempo. He sentido la voz de los labios más antiguos recorrer la geografía de mi piel. Pero no he hecho preguntas, pues las preguntas no sirven más que para confun-dirnos. Yo sólo he escuchado, sólo he reco-gido, de los pliegues del viento, la palabra de los tiempos.
He oído el grito mudo que los pueblos profieren hacia dentro de sus entrañas. Ese grito que guardan en lo más profundo de las cavernas de su memoria. He oído el grito mudo de los pueblos. Gritar hacia fuera es peligroso, se puede enfurecer a la fiera que nos vigila desde su torre. Bajo el silencio que engendra el miedo, he sentido crujir por mis huesos el dolor de la gente; y he llorado. A veces he llorado por los ojos de aquellos que sufren, y se me ha quedado el pecho tan pequeño que he sentido ganas de gritar y preguntar desde mi ira; ¿porqué tanto miedo?
Pero no he preguntado. Yo jamás he preguntado, porque no quiero respuestas que justifiquen o confundan. Sólo quiero palabras de luz para los ojos de los hombres. Palabras capaces de curar el dolor de la gente, palabras que hagan libre a los pueblos.
Sólo quiero palabras como aquellas con las que los libros me hicieron un mundo al que he intentado que éste se pareciera.






CUATRO


Seco como un río de piedras golpeo mi mirada contra los muros del silencio que delimitan mi espacio.
Seco como unos labios sin palabras, como las piedras de un río que no recuerda la lluvia.
Seco y sin luz, como unos ojos que no encuentran los sueños, como unas manos que no tienen la piel de ningún cuerpo donde escribir su ternura.
Seco y sediento, como la página en blanco que busca los versos perdidos, como el poeta que ya no grita, como el hombre vencido por la vida, como el cuerpo devorado por el tiempo.
Seco como yo, río de piedras que no encuentra la palabra que alimente mi cauce y dé vida a las riberas de mi existencia. Como yo, seco y vacío golpeando mi mirada contra la noche, acribillando los espejos con mis ojos hambrientos, buscando la imagen del hombre que jamás seré.
Grite el gallo negro y esgrima su espada de fuego el ángel. Que la voz del hombre robe los versos de los poetas y los arroje al viento. Porque los versos nacidos de la sangre y los sueños son el alimento del pueblo.
Grite el gallo y esgrima su espada, que hay que vencer a los guardianes que custodian la palabra. Aquella palabra que el tiempo cubre de polvo en los anaqueles de las lóbregas salas del silencio
Seco como un río de piedras que ya no recuerda la lluvia. Como yo, poeta que perdió sus versos, seco y sin palabras.
Esgrima su espada el gallo y grite el poeta, que hay que golpear los muros del silencio que delimitan nuestro espacio. Que hay que golpearlos con nuestras manos desnudas y con estos labios resecos que no recuerdan la lluvia. Que hay que golpear los muros y robar los versos a los centinelas del olvido.
Cante el gallo negro y esgrima su espada el poeta, que hay que inundar este río de piedras, seco y sin palabras, con la luz de los sueños, con el fuego prohibido del ángel caído sobre la página en blanco de todos los mundos.
Grite el gallo y cante el pueblo, que la espada de fuego golpee y haga temblar la mano que gobierna el juego. ¿Más qué hacer cuando muerto el rey continúa la partida?






CINCO


El ángel, dentro de la noche, extendió sus alas sobre los sueños para resguardarlos de los vientos del desierto.
Extendió sus alas de luz y la noche se pobló de criaturas, leves como el humo, que flotan y se deslizan por la geografía de la memoria. Criaturas transparentes y sin rostro, irreconocibles pero extremadamente fami-liares. Criaturas que al saberse sorprendidas desaparecen entre los pliegues del tiempo, huyen de los ojos que las observan y las quieren retener en los paisajes del recuerdo. Huyen y se pierden por las galerías del olvido, profundidades donde habitan las oscuras alimañas que atenazan al hombre con las húmedas manos del miedo; furias roedoras que devoran su paz y sus sueños.
El ángel extendió sus alas sobre la noche para proteger al hombre de esas negras criaturas que merodean las riberas de su alma. Criaturas cuyos ojos se pierden entre las sombras de antiguas leyes y ritos extraños. Criaturas hambrientas que van royendo las fibras más sensibles del hombre e invaden las parcelas donde habita la razón, para sembrar sus semillas de ignorancia y obediencia.
Extendió sus alas para resguardar los sueños y proteger a la palabra del acoso de las rapaces que vigilan el pensamiento; para cobijar a la inocencia y defender la libertad de un hombre perseguido por los turbios labios de una fe poseyente y desposeédora. Religiones que extirpan la voluntad de las entrañas del hombre y privan de libertad a los pueblos.
Extendió sus alas y desde entonces el hombre no estuvo desnudo dentro de la noche. El hombre comenzó a buscar entre las ruinas del mundo la luz de los sueños, comenzó a buscar entre los pliegues de la brisa, una palabra nueva, una palabra viva. Y desde entonces busca su rostro entre una multitud de máscaras y falsas apariencias; una multitud donde nada es lo que parece, donde todo es una engañosa representación de la realidad, un absurdo teatro en el que cada cual se engaña a sí mismo para mostrarle a los demás una vida que jamás vivirá.
Desde entonces el hombre comenzó a caminar para escapar de la noche, pero la noche cercó su existencia y se bebió toda la luz que de su interior brotaba.
El ángel extendió sus alas de pergamino amarillento sobre la memoria de los pueblos, y los guerreros bajaron los trastes del saz hasta la fuente en la que nacen las preguntas.






SEIS


Desde entonces el viajero calzó sus sandalias sin retorno y atravesó la espesura de las palabras que se ocultan en los antiguos abecedarios. Huyó a través de la noche, perseguido por su propia sombra. Atado al silencio y sus enigmas se perdió en los bosques dormidos al sol de la tarde. Huyó por los campos de la derrota, hundiendo sus pies en el lodo milenario que sobre la piel del mundo acumularon las tormentas. Huyó de la mirada fría e inquisidora de los sirvientes del Clérigo, sintió el látigo de sus ojos tras-pasándole las carnes, y el miedo se le coló por los huesos. Pero no se ocultó ni se detuvo, siguió caminando hacia las lindes de la noche, tras las que siempre nace un nuevo día.
El viajero siguió caminando, atravesó las ciudades que un día alzaron los falsos dioses, aquellos ídolos de barro putrefacto que no tienen rostro, y escuchó el dolor vagando por las calles como un animal que devora la paz y la libertad de la gente.
Caminó con sus sandalias por esas ciudades, errante entre la arquitectura de sus sombras, y sus manos tocaron la piel de unos sueños rotos, el rostro de la frustración y el agobio sobre el que los hijos de la tormenta construyen sus vidas. Atravesó todas esas ciudades y contempló el grito angustiado y sin aliento de sus criaturas.
El viajero de las sandalias sin retorno se perdió en las vidrieras que desnudan a las ciudades y sintió en sus ojos la imagen falsa de las absurdas vitrinas, aquellas en las que se buscan los derrotados, los desheredados del sistema.
Se perdió y sintió miedo de la sombra que le seguía. Sintió miedo de su propia sombra y quiso escapar de ella apagando las luces que la proyectaban. Pero entonces el viajero errante no pudo encontrar el camino.
El viajero de las sandalias sin retorno dejó de huir, detuvo sus pasos al filo de la duda y preguntó al ángel caído; ¿qué es un hombre sin sombra? Y desde entonces vagó por el laberinto de los escombros que el tiempo amontona a sus pies.
Desde entonces el errante se encontró perdido en la noche de los pueblos, atado al abecedario de los enigmas. Mas la espada flamígera existe y con ella el universo parece impenetrable.






SIETE


Maldigo al errante que dejó sus huellas sobre la abrasadora arena de mis noches de insomnio.
Maldigo al errante. Aquél que frente a la luz huyó, como el guerrero más cobarde huye de la batalla que está destinada a la derrota.
Maldigo al errante y a su sombra, pero busco sus huellas por el esqueleto de la lluvia. Busco sus huellas por la piel del tiempo y entre las piedras de aquel río seco que golpea mi mirada con la sed del mundo. Busco las huellas de sus pasos y le maldigo, como maldigo a mis ojos que no dejan de buscarle por todos los senderos y por todos los sueños.
El errante pasó junto a mí en silencio, atravesó las noches que me pertenecían; y su presencia llenó mis ojos con la luz de todas las palabras. Pasó junto a mí y trajo el olor de aquellos labios que, volviéndose alas, sobre-vuelan el recuerdo. Trajo consigo el temblor de la carne y el rumor de la sangre, que bajo la piel de la adolescencia corría desbocada y llena de júbilo.
El errante pasó junto a mí y sembró en mis labios la semilla de la palabra. Los versos perdidos en los campos de la derrota y el eco de las lenguas olvidadas de todos los pueblos. Pasó junto a mí y se detuvo en el silencio que cubría el insoportable clamor de mis noches de insomnio. Se detuvo y grito mi nombre junto a las puertas del mundo, y las sombras que me habitaban comenzaron a disiparse.
El errante pasó junto a mí y yo le maldigo en silencio por dejarme atado a los versos que brotan de la angustia de mi soledad; por condenarme a la palabra.
Mas cuando la noche se adentraba en el día, el errante huyó ante la luz, como huyen los sueños si se abren los ojos. Y desde entonces, aunque sigo buscando sus huellas por los páramos de mi soledad, maldigo al errante y a su sombra.
Maldigo sus huellas y al grito que pronunció mi nombre. Maldigo a la palabra que el errante sembró en mis labios, secos como un río de piedras, y a los versos que recogí en la estela de sus pasos vagamundos.
Maldito seas en tu eterna ternura vagante.






OCHO


Como un eclipse de fuego se alejó, restaurando el silencio roto a su llegada. Mis ojos se acostumbraron a su ausencia, pero mis noches se quedaron huérfanas. Se alejó persiguiendo las nieblas, y cuando las noches se adentraban en el día huyó de la luz que roba los misterios.
Cruzó los campos donde hubo ciuda-des, y las ciudades que fueron devorando los campos, pero no se detuvo en los rostros ni bajo la sombra de los árboles.
Caminó por el silencio de las multi-tudes y por el desamparo de todas las sole-dades, pero no se detuvo a escuchar las palabras ni a desnudar los sueños.
Anduvo los caminos que se arrastran por el mundo, mendigando sombras en las que ocultar su rostro, pero no se detuvo a pelear con sus miedos ni a alimentarse de sus huellas.
Anduvo los caminos y se alejó de la luz que brotaba de la palabra que sembró en mis noches de insomnio. El errante se alejó como un eclipse de fuego persiguiendo las nieblas.
Se alejó perseguido por los versos que quieren labios para gritar el dolor y la ira de los pueblos, perseguido por los versos que quieren viento en el que dejar el canto de los poetas.
Se alejó y ya no se detuvo, jamás volvió a cruzar por el espacio que éste hombre desnudo ocupa. No se detuvo, pero sus pasos fueron dejando una estela de palabras sedientas de luz, una estela que desde entonces me arrastra hacia el eco de los primeros nombres. Del origen de las espuelas.





NUEVE


El errante leía las estrellas y descifraba los secretos de las constelaciones. Leía las estrellas y el eco del río que inundaba de huellas la sequedad de los caminos. Leía la música del aire y sentía paz.
El errante descifraba el mensaje oculto bajo la piel de los versos.
En el silencio que envuelve al mundo encontró las palabras desnudas de todas las lenguas.
Sus ojos se adentraron en los paisajes del canto y contemplaron las fuentes en las que las musas bañaban sus cuerpos desnudos.
El errante leía las estrellas y sentía paz.
Descifraba los misterios de las noches del tiempo, los acertijos que sobre la piedra guardan la memoria y la voz, casi agua, de las cavernas.
Descifraba, en la piel de los árboles, el enigma de la resurrección. En el musgo de las laderas de las montañas, descifraba los ritos sagrados de las tribus desaparecidas y en el murmullo del agua con la piedra el vértigo de sus ancestrales danzas.
Descifraba la música del aire y sentía paz.
El errante sentía paz bajo un cielo estrellado, pero una luna salvaje vino y le hizo sentirse perdido ante las puertas del jardín que se adentra en la noche.
El errante leía el silencio del mundo y descifraba sus sombras, pero entonces el sueño se transformó en pájaro de viento:






DIEZ


Pájaros de los vientos que en mis noches de insomnio asoláis el silencio que entre la piel y los huesos me cruje, dejad sobre mi frente el dolor de los sueños.
En mis heridas saciad vuestra sed y pintad el firmamento con la luz que de mis versos brota. Saciad vuestra sed y dadles esa luz a las estrellas que desde algún lugar del recuerdo mi amada contempla.
Pájaros de los vientos que me traéis el aliento codiciado dejad sobre mis labios el sabor de los recuerdos.
En vuelo potente cruzad el tiempo, derribad las murallas de estos días que me consumen, romped las cadenas que retienen mi vida y desandad por mí los caminos sobre los que el olvido va cubriendo mis huellas.
Como piedra de relámpago negro que golpea en la memoria. Como mano invisible que araña la piel desnuda de la nostalgia. Como labios de agua que besan suavemente las trémulas carnes de la melancolía. Así me traéis el pasado, pájaros de los vientos.
Agrandemos la fuente leve, amada, bañemos nuestros sueños en esas aguas; que el amor es luz y esa luz ni la lluvia la apaga. Saciemos nuestra sed en las aguas subterráneas.
El árbol roza su sustento y da cobijo al errante bajo sus ramas. Entre las hojas nace el canto que se hace luz y vuelo. Mas el árbol a la orilla de los siglos, en sol y bosque de luces, trueca su herrumbre.






ONCE


Herrumbrosa y en moho la vida se arrastra sobre la piel del mundo.
Candelas de la mañana deshacen la noche, mas nunca lograrán disipar sus sombras por completo.
Saciado en sueños el hombre se pierde por los laberintos de la realidad.
Cómo no dolerse de luz escasa que apenas si ilumina la existencia del hombre y es incapaz de romper las brumas de todos aquellos enigmas que le confunden y le hacen sentirse perdido.
Cómo no dolerse cuando la vida, herrumbrosa y en moho, golpea los ojos cruelmente y derrota a los sueños. Y cómo no gritar el dolor y el miedo que se aloja en el costado izquierdo de cada ser que habita este planeta.
Cómo no gritar por las madres de los soldados que el monstruo insaciable de la guerra devoró entre sus fauces. Monstruo que fue engendrado por los usurpadores del poder, monstruo al que alimentan con la miseria, el hambre y la muerte para hacer prevalecer su hegemonía. Cómo no gritar con los pueblos que bajo la mano invisible del miedo son convertidos en servidores de esos falsos ídolos. Cómo no dolerse de libertad escasa en los ojos y cómo no gritar ante las garras con las que la codicia destroza a la paz, hipócritamente en nombre de la paz.
Cómo no gritar por la sangre derramada en todas las batallas; sangre que envilece a la tierra que nos amamanta y hace crecer la venenosa flor del odio. Cómo no dolerse y cómo no gritar con los hijos de la ira, que cerrando los puños alzan sus manos amenazantes hacia el pedestal desde el que el poder vigila y ejerce su dominio.
Cómo no dolerse y cómo no ser grito.
Herrumbrosa y en moho la vida sigue arrastrándose a lo largo de las mañanas que deshacen las noches, saciando en sueños de luz escasa el grito del dolor, que el miedo ahoga en la garganta.
Cómo gritar el dolor y no dolerse del grito.
Cómo no gritar desde el grito oscuro del universo desaparecido.






DOCE


El tiempo hace trágica a la belleza.
Al cabo de los años los espejos nos mienten.
A cierta edad las niñas fingen su inocencia, los niños alardean de su virilidad a cierta edad.
A lo largo de su vida el hombre aprende a utilizar sus palabras para no decir nada. Desde corta edad la mujer disimula y lo dice todo con muy pocas palabras.
En algún lugar del mundo los comediantes bajan el telón, suben el telón los farsantes en algún lugar del mundo.
La sociedad es un teatro en el que cada individuo lleva la máscara adecuada a cada momento.
Por los altos páramos de la noche la luna simula su hermosura y los astros mitifican sus orígenes.
Cada tarde el mundo se deshace en sombras, pero el alba reconstruye de nuevo cada día sus formas.
La vida es una eterna sucesión de breves momentos. La vida es el mundo; un mundo que camina, que suspira, que palpita; un mundo que ama desesperadamente y que odia sin límites. El amor y el odio están separados por una fina tela que se llama comprensión.
El mundo es la vida que se renueva a cada primavera y el hombre sólo es otro animal más que lo habita.
Al cabo de los años los ojos nos mienten, pero a la belleza ni el tiempo, ni los espejos la harán trágica; a la belleza sólo la hace trágica nuestro miedo a envejecer.
A lo largo de la vida, todos enmascaramos nuestros defectos, pero la vejez nunca será un defecto, sólo es otro aspecto de la belleza.
Los espejos no nos mienten, sólo nos mienten nuestros ojos.
En este silencio ensordecedor que nos rodea, tengo las manos huérfanas de tanto desnudar sueños. Tengo los labios resecos de gritarle a mis soledades y mis ojos derrotados como palomas sin alas de tanto buscar libertad.
Sé que suspiro me dio la vida y que dolor me puso en este mundo, mas no encuentro las palabras que me rediman de todos mis errores. Sí, mis errores no mis pecados pues yo jamás pequé; sólo peca quien tiene fe, y yo no tengo fe. Yo solamente creo en la vida que se renueva a cada primavera y que se perpetúa a cada ser que nace, ya sea animal o planta. He cometido errores y por ello pido perdón; soy humano, disculpen mi circunstancia.
A lo largo de su vida, el hombre baja la voz y aprende a escuchar.
A cierta edad nos despojamos de todas nuestra máscaras.
Al cabo de los años mis ojos no necesitan espejos para contemplarme.
Este es mi palacio; aquí vivo envuelto por una piel y una carne, sujeto a unos huesos, navegando por estos ríos de sangre y estos mares de agua oculta. Aquí estoy, erguido en el tiempo, sin huella de derrota.
Aquí vivo, al filo de la realidad y la quimera, conociendo mi rostro en los espejos a través de estos ojos que me mienten; pero jamás llegaré a conocer mis mariposas, aquellas que habitan en el corazón del hueso.






TRECE


El errante bebió desde las copas de fuego el grito mudo con que los bosques manchan de humo el azul de los cielos. Bebió la sabia que los árboles derraman al filo del hacha. Se sintió carcoma sobre el tronco abatido, y contemplo la tristeza de las raíces secándose al viento. Notó la ausencia de la algarabía de las ramas, y presintió que se aproximaban noches muy frías.
El errante se estremeció, desde la medula de sus raíces, hasta las hojas mas ocultas de sus ramas de viento, ante el rugido devastador con que el progreso se adentra en el bosque. Contempló la emigración de los árboles camino de las ciudades. Bebió, desde las copas de fuego, el espectro de la madera y se sintió huérfano en la soledad de la tierra. Sus ojos inundados por la ceniza y el serrín se perdieron por paisajes desolados. En silencio se detuvo junto a su sombra y mirándose las manos, lleno de rabia y derrotado por la culpa, arrojó todos sus lapiceros.
El errante se sintió carcoma y ocultó su rostro entre las páginas de los libros que devoraron a cientos de árboles. Sus oídos recogieron el grito de los periódicos que se arremolinan por las plazas del mundo. El lamento de las toneladas de cuadernos que los párvulos destrozan en su adaptación al sistema. El dolor de la madera de los millones de blocs de notas que los químicos y matemáticos, brujos del progreso, emborronan de ecuaciones oscuras como sus vidas. El llanto, entre melancólico y desesperado, de los adolescentes diarios en los que se guarda el último rubor de la inocencia.
El errante bebió de las vasijas secas y en sus labios se rompieron las palabras que han de pregonar la libertad del hombre. Se rompieron todas sus palabras en las despo-bladas maderas despalabradas que recorren las puertas, las ventanas y alféizares del mundo. Y solitario atravesó las ciudades cerradas por la madera huérfana de los bosques desmaderados. Se perdió, sombrío, entre las sombras que devoran todas las huellas.
Y el errante, igual que los bosques, fue devorado por las ciudades; cementerios de árboles:






CATORCE


Casadeshilachadademadera, desnuda y anclada en el tiempo. Vida inerte de otra vida agitada por el viento. Casa de madera de árbol muerto, vieja en sus viejos recuerdos. Despoblada casa, sin rumor de pasos, sin risas y despalabrada, como un bosque sin hojas que yace sobre el lodo.
Casadehilachadademadera muerta, y muerta casa enlasangreoxidadadelcemento que recorre el mundo en un azote gris donde se quiebra el viento. Casa de árbol de bosque deshabitado.
Ruinadesolesypartidaensusraíces ma-dera de casa donde juegan el viento y las lluvias, donde no quedan sombras en las que ocultarse puedan los sueños.
La mano del tiempo descorreelvisillo-sinventanaquemuestraelríosinaguaquecorre.






QUINCE


Cementerios de árboles se arrastran por las alcobas de las ciudades. La madera de los lechos del amor cruje como una queja que sólo percibe la carcoma que la orada.
La muerte alimenta vida y la vida se extravía por los desiertos calcinados donde habitaban los bosques. Y allí, sobre el tapiz de la ceniza, el errante dejó su huella; y sus lágrimas fueron secando el tronco de la palabra.
Ya nadie quiso oír el canto de las hojas con el viento. Todos quisieron ser hijos del clamor incesante, aquel clamor que traspasa el cemento y las vidrieras de las torres. Nadie quiso oír el aullido terrible de los bosques, ni el estruendo espantoso de la piedra que se vuelve polvo. Nadie quiso oírlo.
El viajero de las sandalias sin retorno extendió sus líneas sobre los renglones del cuerpo del cadáver de las palabras. Extendió sus oídos por los páramos del silencio y tropezó con el nido de las víboras, en donde nacen todos los gritos.
Y al errante viajero sin retorno se le secaron las palabras desde la raíz más íntima y dolorosa, hasta las alas de las últimas mariposas de agua que Penélope tejiera con el barro de los sueños.
Entonces, cerrando los ojos entre sus puños, el viajero errante lloró y gritó su rabia a un cielo sin pájaros; un cielo extraño como un espejo sin ojos.
Así sufría el viajero de las sandalias sin retorno cuando, sin grito y sin palabra, caminó echando sus pies y sus huellas a los desiertos del silencio. Mientras bajo las cúpulas de Babilonia las palabras, oscuras como alimañas, se prostituian y fornicaban con las primeras letras del alfabeto de los tiempos.
Caminó con sus sandalias manchadas por los lodos que vierten las ciudades del odio, y con sus manos ateridas por la ira que engendra el dolor y el miedo. Caminó y rompió sus ojos con el grito de los pueblos que gritan hacia dentro para no levantar sospecha. Ese grito mudo de unos ojos y unos labios secos como un río de piedras que ya no recuerda el canto de las hojas con el viento, ni la palabra que brota de la voz de los sueños. Esos sueños partidos en dos por el hambre y el miedo ilegal de los legales del miedo.
El viajero errante caminó entre los rastrojos del tiempo atravesando las ciudades, esas ciudades cubiertas de ojos, llenas de rostros furtivos y de cuerpos que se esfuman en las nieblas. Caminó sin descanso cruzando todas las ciudades, esas que se arrastran por el mundo cargadas de hombres sin tiempo. Ciudades desnudas que se arropan con su miseria y ocultan su angustia tras la luz de falsos sueños. Vagó por todas las ciudades y en todas conoció el miedo que habita la piel del hombre. Conoció esas extrañas ciudades ancladas al lodo de los siglos, ciudades atravesadas por un río de odio que recorre un mundo sin sueño y sin paraíso.
Entonces por el vaho húmedo de las ciudades, y sobre los renglones del pergamino amarillento de la memoria de los pueblos, se secaron las palabras en su raíz y en su tronco, y Penélope dejó de tejer mariposas.
El errante se detuvo ante los espejos profanados, y sin encontrar sus ojos en ellos gritó:
Pero yo hablo de mí.
No hablo de ciudades sepultadas bajo nieblas espesas, no hablo de peciolos ensangrentados, del corazón textil de los vestidos.






DIECISÉIS


Cuando el agua duerme sola los espejos se enturbian y se hielan las miradas.
No sé que extrañas manos me despojan de la luz que sobre mi piel dejaron todos mis días y todas mis noches. No sé porque siento tanto miedo.
Estas carnes trémulas de mi cuerpo ya no saben de aquel sol de la infancia. Alguien escondió la llama de aquellos años entre estas sombras devoradoras, alguien la robo y desde entonces siento un frío terrible.
Cuando las noches se quedan sin ojos a los que asomarse puedan los sueños el agua amanece nieve.
Nadie duerme por el mundo, en estas hambrientas noches.
Nadie duerme por estas ciudades abarrotadas de ojos.
Nadie grita por estos bosques de hormigón, por estos ríos de asfalto nadie grita. Sólo vigilan desde los siniestros abismos de las ciudades, con su mirada de fuego chamuscando las alas, cortando las alas. Cortando las alas con un ladrido oscuro como el sonido de un hacha.
Por las entrañas de las ciudades corre un río de ojos, corre un siniestro río de ojos como alimañas.
Pero yo no hablo de las ciudades, yo hablo de mí y de mis alas adoloridas, tronchadas, cercenadas por el hacha siniestra de la mano que gobierna el juego.
Yo hablo de mí, y lloro en silencio esta muerte que me ocupa y este dolor que me arrastra por las frías callejuelas de una ciudad sin salida, una ciudad de huérfanos invadida por las sombras entre las que se ocultan los desterrados del paraíso.
Cuando la mano acaricia a la nieve se vuelve agua.
No tengo alas, ni ojos en los espejos.
Fui arrojado a este mundo y ni sombra tengo a la que aferrarme.
Oigo el ladrido del hacha azolando las ciudades y el silbido de las líneas de los viejos libros confundiéndose en el silencio de la inmensa algarabía.
Mis oídos husmean entre la vorágine de la palabrería incesante, buscan el rumor de las huellas de todos los diccionarios donde habitan los alfabetos del tiempo.
Mis oídos buscan, mas no encuentran, los eternos manantiales de las palabras florecidas, las palabras como soles hermosos.
Mis oídos escudriñean entre las sombras que albergan todos los silencios y regresan sólo con palabras prostituidas, ultra-jadas. Regresan con palabras esposadas y arrojadas a las mazmorras de la ignorancia. Mis oídos regresan sólo con palabras domes-ticadas, sometidas al servicio de aquellos que gobiernan el juego.
¡Ah! de mis alas rasgadas, cercenadas; ¡ay! de mis alas.
Sin sombra fui arrojado a este mundo y por el me arrastro despojado de mis alas.
No tuve más pecado que renegar de Dios. Ese Dios impuesto por el hombre, ese Dios creado a imagen y semejanza de los ancestrales clérigos del mundo; hechiceros de todas las tribus, administradores de las creen-cias y los miedos con los que se amansan los pueblos.
No tuve más pecado que mi grito.
El viajero de las sandalias sin retorno pasó junto a mí, y desde entonces aguardo la venida de su palabra y el verso prohibido que navega por las aguas de la memoria.
Desde entonces intento descifrar los enigmas de sus viejas palabras llenas de lágrimas.






DIECICIETE


El viajero de las sandalias sin retorno abrió el baúl de sus mayores.
Rebuscó con sus cansadas manos entre el polvo de los siglos y alzando ante su rostro el confuso espejo de la vida, lo llenó de ojos queriendo ver algo, queriendo entender el significado de los viejos testamentos. Quiso descifrar los enigmas de los calendarios del agua con la piedra. Pero hay caminos que jamás se andan, senderos que el tiempo borra. Hay sueños que la realidad derrota. El viajero tuvo sus dudas y con su pluma de luz escribió en el pergamino del viento; dicen que hay un Dios allá arriba que el bien y el mal está juzgando y a veces pienso que es mentira o que tal vez le estén sobornando.
El errante abrió el baúl de sus mayores y, rebuscando con sus cansadas manos entre los pliegues del tiempo, vio como la piedra invadía al mundo e iba robándole, poco a poco, su blando lecho de tierra a la flor. Encontró a un hombre extraño, hijo de la prisa, que corría por los ríos negros del progreso. Un hombre huérfano de su propia sombra y sin fantasías para soñar, un hombre que algún día enterró su llanto en los abismos de la noche.
El viajero de las sandalias sin retorno abrió el baúl de sus mayores, y rebuscó con sus cansadas manos entre la memoria de los pueblos. Comprendió a ese hombre al que la tormenta de los días golpeaba con furia, ese hombre al que el silencio del mundo envolvía y ahogaba el último eco de su voz. El viajero conoció a la nueva estirpe del vértigo, de la prisa; conoció a los oscuros hijos de la tormenta. Entonces desde la última piedra del universo se elevó sobre sí mismo y golpeando los muros del tiempo con sus furiosas manos, rompió las sombras y miró al otro lado.
El errante abrió el baúl de sus mayores y rebuscó con sus cansadas manos entre las raíces genealógicas de sus antepasados. Descubrió las leyendas que de boca en boca llevaban los vientos, oyó el rumor de antiguas historias en un deambular de familiares palabras. El errante supo que la palabra hiere el ámbito de los sueños, supo que es un fulgor que crece como aquel árbol inmenso que cobija a los pueblos.
Desde entonces el viajero de las sandalias sin retorno busca sus huellas, escarba entre las páginas esquivas de sus delirios. Araña esos extraños espejos sin ojos donde se ocultan sus versos perdidos, como ángeles caídos sobre el erial mudo de los libros cerrados por la ignorancia. Vacía sus bolsillos sacando todos sus sueños. Se detiene, y desde su atalaya mira estos campos desnudos del tiempo, los extraños paisajes del mundo con sus viejas danzas y sus rostros nuevos. Con sus cansadas manos, el viajero, vacía el baúl de sus mayores y entonces contempla como por las sendas del viento, buscando el alba, sin voz del hombre, sola va la palabra.
El viajero de las sandalias sin retorno naufraga bajo la cúpula de los sacerdotes del olvido. El fruto de los sueños es tan breve. Todas las sendas son un río fugaz de huellas. Tal vez el viajero vuelva a cruzar por estas tierras bajo una noche de estrellas. Tal vez nos deje su canto, desnudo, en la estela de un sueño. Mas yo sólo quiero daros la voz del poeta de las tormentas, el grito de ese hombre extraño que se buscó en el espejo turbio del mundo y que al final de cada una de sus noches, tan sólo encontró vidrios rotos donde hubo sueños. Sólo quiero daros aquella palabra que se hizo semilla y quedó esparcida por los campos del tiempo.
Desde entonces el errante se encuentra perdido entre los ecos de una palabra domesticada, de una palabra sometida, de una palabra atada al abecedario oscuro de los mercaderes de los sueños. Desde entonces el aprendiz de poeta, busca en las huellas del viajero errante esa palabra nueva de la que brotaran todos los versos prohibidos que hagan temblar las viejas tablas por las que se rigen las tribus del mundo.
La vida cruza por las llanuras del miedo, mas la espada flamígera existe y con ella el universo parece impenetrable.






DIECIOCHO


¿Qué hacer cuando muerto el rey continua la partida?
Durante largo tiempo estuve pregun-tándole a los espejos por el origen de los sueños.
Estuve preguntándole, durante largo tiempo, por los enigmas ocultos en mi sombra, a los espejos.
A los espejos les estuve preguntando, por la raíz primigenia de la palabra, durante largo tiempo.
Por mí, a los espejos, estuve pregun-tándole durante largo tiempo.
Mas hoy, a las sombras de la memoria, sólo puedo preguntarles por el paraíso per-dido.
Durante largo tiempo he continuado la partida con una reina viuda.
¿Qué hacer? cuando los sueños sólo engendran derrotas.
¿Qué hacer? con los enigmas de la palabra.
¿Qué hacer? con la página en blanco.
Con los versos perdidos ¿qué hacer? con el ángel caído.
Con la espada flamígera ¿qué hacer? si aún muerto el rey continua la partida.
¿Cómo luchar contra los centinelas del olvido?
¿Qué hacer? con nuestras manos, y con nuestros labios ¿qué gritar?
Yo sólo soy el aprendiz de poeta, un pobre diablo perdido en sus quimeras.
Durante largo tiempo de mi vida a la luz de las preguntas, los libros me hicieron un mundo al que he intentado que éste se le pareciera.






DIECINUEVE


Pareciera que la noche estrellada
alargara su luna oscura, alargara las heridas
alas de Cristo-Luzbel.

Pareciera que el tiempo
arañase sin piedad mi alma,
y que por los desolados paisajes del viento
pasaran los oscuros pájaros del olvido.

Pareciera que la noche
se adentrara en el día,
dejando tras de sí el aroma de unos sueños.

Pareciera como si la palabra girara en el
tiempo
igual que un antiguo rito
que jamás se olvida. Pareciera
que el silencio fuera a romperse…
que las estrellas
temblaran de miedo…

Pareciera…
Pero yo sólo soy un aprendiz de poeta
el fruto de todos los silencios,
mientras la lluvia con la piedra
inicia su escritura de pergamino antiguo,
escrito en la estela de
El último ángel caído.











FIN


Sobre el débil borde
de un suspiro
abandono
la piel de mis sueños.











EPÍLOGO


Con estas palabras no intento justi-ficarme, ni pretendo una excusa para disculpar mi atrevimiento, mi osadía, al usar la palabra de Julio pronunciándola, trasmitiéndola, alargándola por el viento fugaz de estos labios míos.
Profanación de la Palabra está escrito en la estela que Julio Vélez dejó en mí a través de Escrito en la estela de El Último Ángel caído. Es un libro a partir de otro libro, es el fruto de aquel libro.
Profanación de la Palabra es el impacto producido por la palabra de Escrito en la estela de El último Ángel Caído en el alma sedienta de un ser que busca y necesita la palabra para seguir subsistiendo.
No he pretendido apropiarme de nada. No he pretendido destruir nada y ni mucho menos he pretendido mejorar nada, pues nada hay que mejorar de lo ya, de por sí, excelente, sublimen y hermoso.
Sólo he pretendido hermanarme con la palabra de Julio, en un respetuoso acto de incondicional entrega. Sólo he pretendido fundirme y aunarme con su palabra. Aquellos quienes otra cosa vean en este libro, jamás han sentido la poesía en carne viva confundiéndose con su ser. Jamás han sido poesía.
Este libro, pues, sólo es un acto de amor hacia aquel otro libro que lo provoca y que sin él jamás habría sido.

Gracias Julio por habernos regalado la esencia de tu ser hecha poesía.

Gracias Julio por habernos dejado en herencia esa tu palabra que habrá de labrar nuestra palabra a través del espacio y del tiempo;
gracias José Julio Vélez Noguera.











Este libro se terminó de imprimir
el día seis de mayo de dos mil siete
sesenta y un aniversario
del nacimiento
de Julio Vélez